miércoles, 21 de agosto de 2013

"Pause".

Muy buenas queriditos lectores. Añado esta entrada para avisaros de que desgraciadamente hasta septiembre no podré escribir. Se acercan los exámenes de recuperación y soy de esas personas que, por desgracia, tendrán que recuperar bastantes asignaturas.
Quiero también informaros que como "recompensa", estoy planeando muchos acontecimientos, espero que entretenidos y que no os aburran para el fanfic.
En cualquier caso, si no os gusta avisad para intentar mejorarlo.
Intentaré subir algún capítulo estas semanas, aunque no estará muy elaborado.
Lo siento mucho.

                                            Paula McCartney.

jueves, 8 de agosto de 2013

Capítulo 17.

[Nota: Perdonad la tardanza de este último capítulo. Los últimos días he estado muy liada, además de que he creado más fanfics y se me junta todo el trabajo. Desgraciadamente, me agobio rápidamente.A eso se debe que este capítulo sea tan largo. Lo siento, intentaré ponerme al día lo más rápido posible.]

Me desperté alertada por los golpes en la puerta. Creo que ninguno de nosotros esperaba visita, por lo que me extrañó bastante.
Me froté los ojos, la luz que atravesaba la ventana iluminaba toda la habitación, y en un primer momento era un tanto incómodo.  Me levanté de un salto de la cama, sabría que si no era así sería incapaz de levantarme. Mi vaguería era superior a mis fuerzas.
Abrí la puerta de la habitación, se encontraba justo al final del pasillo. La puerta de entrada, según mi punto de vista estaba situada en el lado izquierdo, aunque no me extrañó que el que durmiera en el sofá se levantara el primero a abrir.
Paul se disponía a abrir la puerta de la entrada cuando yo abrí la mía.
Me miró, tenía el cabello un poco despeinado, llevaba una camiseta de manga corta un tanto ancha, el cinturón del pantalón desabrochado y su carita de bebé estaba adormilada.
Rió levemente.
-¿Qué quieres? El pijama estaba en la habitación...
Reí suavemente, mis ojos se iluminaron y sentí un vuelco en el estómago.
Automaticamente baje la mirada al suelo y revolví suavemente la cabeza. Me negué a mi misma que en ese momento él era una de las cosas que más feliz me hacía. No quería tener esos pensamientos. No creía que fueran los adecuados.
Abrió la puerta mientras la cabecita de John se asomaba por la de su habitación, ahí se cruzaron las miradas del que estaba en la entrada y la suya. 
John sonrió al instante.
-¡RINGOOOOOO!- exclamó y se apresuró hacia él.- Pensábamos llamarte, no esperábamos tu visita.
Suspiré, menos mal que era el que faltaba de los cuatro.
Al oír tanto grito de alegría, Inés salió de la habitación con la voz dormida.
-¿Qué se supone que pasa?- no se molestó en abrir completamente los ojos para observar la escena. 
En ese momento Harrison salió rápidamente del dormitorio.
-¡FELICIDADEEES!- le tiró veintiún veces de las orejas, seguido de los otros dos.
Miré el calendario que se encontraba un poco más cerca de la entrada.
7 de julio, no sabía que ese día era su cumpleaños. Bueno, no sabía los cumpleaños de ninguno de los cuatro, aunque poco a poco me iría enterando.
Ya había sido el de Macca, ahora Starkey. Solo me faltaban dos.
Ringo pasó al salón, todos nos sentamos en los sillones y sofás de alrededor de una pequeña mesa central, donde poco a poco todos fuimos colocando zumos, cereales, cafés, tostadas, huevos fritos y demás para desayunar.
Ese día hacía un tiempo más fresco de lo normal, por lo que desde temprano tuvimos que encender el fuego.
Esa mañana la pasamos en casa. Sobre las doce teníamos todo recogido y ordenado y simplemente estuvimos hablando. 
Finalmente decidimos ponernos a comer, para salir después temprano a pasear por la ciudad, acercarnos al centro y demás.
Comimos en casa, cada uno preparó algo de lo que más sabía. Fui la ‘extraña’ que hizo comida de fuera del país, pues mi padre era español (de ahí mi nombre poco común en Inglaterra) por lo que sabía preparar paella mejor que los demás, y ninguno me puso inconveniente.
Empezamos a comer cerca de la una y media, en una mesa más grande y adecuada para comer que se encontraba un poco más atrás del sofá del salón.
Como siempre, todo fue genial. Risas, bromas, y bueno, en esta ocasión, unos cuantos tirones de oreja al batería, que hoy cumplía veintiún años.
Después de comer, para variar, se montó un “mini-concierto” en el salón. Era gracioso porque Paul esta vez no quiso sacar el bajo, y cogió la guitarra. John también, al igual que George.
Eran tres guitarristas con un batería que había olvidados sus baquetas en tierras natales y se tenía que apañar dando palmas y golpeando sus piernas.
No solo era único ver esa escena ‘familiar’, si no que también tocaron las canciones que los unieron, y eso si que era algo digno de ver.
Neus, Ine y yo estuvimos contemplándolos continuamente. Neus, como as algo común, estaba embobada con la mirada perdida y una enorme sonrisa. ¿A quién? A John. No iba a ser otro. Realmente debería ser una maravilla estar con uno de esos hombres.
George se acercó un momento con la guitarra en brazos mientras tocaba “Three Cool Cats”, se sentó en el lado del sofá más cercano a nosotras y empezó a zarandearse de un lado a otro al compás del ritmo de la guitarra. (Para que me entendáis, como en “Help!” en la escena de “You’ve Got to Hide Your Love Away”, al lado de Eleanor Bron. Es esa escena, ¿no?)
Así pasó bastante rato entre canciones, ritmos y más risas. Aunque finalmente decidimos salir a las callejuelas de London City. No sé por qué, pero nos dividimos en dos grupitos. John, Paul, Neus y yo, y George, Inés y Ringo. Quedamos en encontrarnos en la misma bocatería del día anterior.
Así salimos Paul, Neus, John y yo de camino a ese mercadillo de segunda mano, que si no recordáis, se iba a celebrar esos días por esas calles.
Andamos un poco y rápidamente empezó a notarse un cúmulo de gente. En los primeros puestos destacaba lo textil. Zapatos, abrigos, accesorios… Ropa, en general.
Poco después, había una especie de subasta de antigüedades, aunque no nos detuvimos mucho pues se percibía a leguas que eso era para la gente de clase ‘alta’.
Finalmente, y por fin, aunque el Mercado continuaba más allá llegó nuestra sección.
Música.
Paraíso.
Ahí estaba.
Rápidamente nos acercamos los cuatro en un acto reflejo al primer puesto, situado a la izquierda de la calle, donde se encontraban en una pequeña caja de cartón, un tanto vieja y desgastada, LP’s y singles. Encontramos de todo, desde Vivaldi hasta Elvis. Pasando por Louis Armstrong, Bill Halley and His Comets con su célebre “Rock Around the Clock”, y unos cuantos más.
Pero hubo un single que, gracias a Dios, vi antes que John. Pues si no hubiera sido así, podría irme despidiendo.
No sé, pero lo vi de reojo y se me iluminó la mirada, metí rápidamente la mano en la caja y lo saqué. Ni más ni menos, “Jailhouse Rock”. Además tirado de precio, si no recuerdo mal, fueron unos veinte peniques.
No solo Lennon, si no también McCartney, me miraron mal a partir del momento en el que le entregué el dinero al vendedor. Yo disimulaba, lo guardé dentro de mi chaqueta y le dí una suave palmada en el hombro a John.
-Tranquilo, te lo pondré todas las noches antes de dormir.- dije riendo.
Aunque en ese momento llegamos a un punto clave.
A la derecha los pianos, guitarras, bajos y demás.
A la izquierda, cosas menores. Viejas radios, harmónicas, tocadiscos.
John y Paul se miraron automaticamente. Rieron y sin decir ni una palabra, Macca se dirigió a mí.
-Si quieres comprar algo aprovecha, rápido.
Le mire extrañada, pero no pregunté e hice caso. Le empujé hasta el puesto de la derecha corriendo, saqué la cartera y compré lo primero que hizo darle un vuelco al corazón.
Un piano, un pequeño piano, no en perfecto estado pero decente para aprender.
Miré a Paul. Estaba mirando todos y cada uno de los instrumentos que había en ese pequeño lugar. Estaba inmerso entre tantas cuerdas, mástiles y clavijas. No apartó la vista ni un momento, me disponía a preguntar por el piano pero de repente el volvió en sí.
Me cogió del brazo y pegó un fuerte empujón para que le siguiera.
John estaba varios metros más adelante al mismo corriendo al mismo ritmo, y una vez alejados de ese lugar, paró.
Cogió aire, apoyó las manos sobre su rodillas y miró a Paul.
Estiró su brazo en frente de él, sonrió y dejó ver una harmónica plateada en su mano.
-No podías resistir a la tentación de robar algo, ¿no?- rió McCartney.
-Por Dios Paul, pero mírala.- Dijo acercándosela a él haciéndole ver los dibujos que estaban grabados en ella.
Terminó de coger aire y hizo sonar una pequeña melodía. El sonido de una harmónica delirante. Parecía de las típicas que tocan los vagabundos una noche de invierno esperando que llegue el “The End”.
Más o menos diez segundos, luego cortó en seco, apartó el instrumento de sus labios y sonrió.
Pensaría algo como “llevaba mucho tiempo sin apropiarme de algo tan bueno” conociendo a Lennon.
Después de aquello empecé a hablar con Neus, la conté lo del piano, que me había enamorado y ese tipo de cosas. Me miró y sonrió.
-¿Sabes que Paul te puede enseñar a tocar el piano? Y John, no tanto pe…
Le interrumpí, abrí los ojos como platos y corrí hacía Paul sin dejarla acabar la frase.
- Podías habérmelo dicho tú antes.- respondí agitada riendo levemente.
Sin dejarle responder le acerqué al puesto de antes, pagué rápidamente las diez libras que pedían por él y de nuevo, me apresuré rápidamente a la otra pareja.
John reía entre dientes, miró detrás de los hombros de Paul y de nuevo, nos hizo correr hasta una de las bocacalles más cercanas.
-No pienso darle la satisfacción de devolverle la harmonica…- rió.
Sin darnos cuenta estábamos en la calle en la que se encontraba la bocatería donde habíamos quedado con los demás, pero era demasiado pronto.
Nos sentamos en el bordillo de enfrente de la puerta de entrada a la espera de los demás.
John continuaba inmerso en la harmónica. Soplaba levemente de un lado a otro, comprobaba todas las notas, la fuerza con la que tenía que mandar el aire, y los grabados.
No sé que tenían los grabados, pero les ojeaba una y otra vez.
Pasó mucho rato y los demás no daban ninguna señal. Me levanté de un salto y me puse delante de los otros tres.
Tenía un piano en mis manos, y no podía estar allí cuando podía estar en el apartamento tocando.
Levanté a Paul de la muñeca, metí su mano izquierda entre ambas mías y entrelacé mis dedos.
-Por favor Macca, sé que sabes tocarlo, ayúdame. Please, please.
Paul rió, miró a Lennon riendo. Éste en un mal intento de susurrar ‘por lo bajo’, dijo un; “Véte, tíratela y consigue el single de Elvis”, cerró el puño, estiró el brazo y levantó el dedo pulgar riendo.
Le mire levantando una ceja irónicamente.
-John, si por cualquier remota posibilidad de que yo me tirara a este- señalé a su amigo- me lo tiraría con “Jailhouse Rock” en el tocadiscos, así que no te hagas ilusiones. Que no lo perderé de vista.
Le guiñe un  ojo como gesto de pique y volvía a tirar de la muñeca a McCartney.
-Vamos, anda…- puse cara de niña buena.
Soltó aire mientras sonreía, y miró al final de la calle. Se acercaban los demás, y me miró.
-Mmmmmhh… Hacemos una cosa. Me tomo una birra y vamos, ¿vale?- sonrío.
Le devolví la sonrisa y asentí, tardaría un poco más en estrenar aquél viejo piano, pero más vale tarde que nunca.
Entramos en el bar, la misma decoración igualmente acogedora que la última vez.
George, Ringo e Inés nos contaron que apenas salieron de casa hasta el último momento, y John, para variar, los contó su gran anécdota.
No intervine mucho para no alargar la conversación, lo único que yo quería era coger a McCartney y llevármelo a casa.
Pegó un ultimo trago al vaso de cerveza que le quedaba, pensaba pedirse otro. Le miré, rió entre dientes y dejó su parte del dinero. Se despidió de los demás y finalmente me hizo un gesto de que ya saliésemos a fuera.
Andé rápidamente, mientras él ojeaba una y otra vez el single de Presley que había accedido a dejarle.
Llegamos a casa, él subió delante mío. Rápidamente lanzó el single sobre el sofá y yo me senté rápidamente en el sillón que me parecía más cómodo para tocar.
Paul me miró, aunque su mente estaba realmente centrada en encontrar una emisora en la vieja radio que había allí y simplemente miraba a un punto fijo, sin más.
Pasaban multitud de interferencias por el altavoz, hasta que por fin, encontró la emisora que buscaba. La de Rock&Roll.
No se si era casualidad, destino, o fama. Pero igualmente estaba sonando Elvis Presley, pero esta vez “You'll Never Walk Alone”.
Empezó a zarandear la cabeza al ritmo tarareando la canción con los típicos soniditos, respiraciones y grititos de McCartney.
De un momento a otro bajó el volumen, se acercó y me quitó en piano de las piernas.
Con un flojo tarareo que salía de su garganta empezó a hacer sonar la canción que hace unos segundos estaba sonando en la radio.
Lo mire boquiabierta, terminó, levantó la Mirada y sonrió.
-Simple- dijo mientras volvía a colocarme el pequeño piano encima.
-¿¡SIMPLE!?- exclamé.- ¿Cómo… cómo… cómo cojones hiciste eso?- reí.
Rió conmigo y cogió el teclado de nuevo.
-Es muy fácil cuando no sabes leer partituras, acabas aprendiendo canciones a oído. Por decirlo así.-  dijo mientras presionaba más lentamente las teclas.
Dio dos suaves golpes con la palma de la mano sobre el sofá, indicándome que me sentara a su lado. Y así lo hice.
Apoyó la mitad del piano en él, y la otra mitad en mí.
Me miró y sonrió.
-Sólo te lo explicaré dos veces, el resto de clases se darán a cambio de la Cárcel de Rock.- rió, asentí irónicamente y me pegué más a él.
Levantó las manos levemente, las puso sobre las teclas y hizo sonar  unas notas y acordes. Se disponía a colocar la mías igualmente cuando la puerta de entrada se abrió bruscamente.
John entró primero, después los demás.
Inés estaba pálida, con la cabeza cabizbaja y ojos llorosos. Un periódico entre una de sus manos, al cual parecía que había apretado con mucha fuerza.
-¿Qué ha pasado? – dijo Paul con un tono un tanto preocupado.
John le miró, se dirigió hacia la chica. Ine levanto levemente la mirada, se acercó nosotros.
Nos entregó el periódico. Paul lo abrió rápidamente sin darme a mi tiempo para ver nada.
La miró compasivamente.
-Pero esto… ¿tiene algo que ver contigo?
Inés se iba a poner a llorar de un momento a otro, se dejó caer sobre el sillón, flexionó las piernas y apoyó su frente sobre las rodillas. Dejando que su melena le tapara toda la cara.