domingo, 8 de diciembre de 2013

[Y para variar, disculpas.]

Hola de nuevo, queriditos lectores. Una vez más siento en el alma todo este tremendo retraso y abandono del fanfiction. Pido mil perdones por ello, no quiero decepcionaros a ninguno de vosotros. Por favor, suficiente haceis leyendome a cada capítulo, que subo cuando me da en gana, soportando mis largas demoras.
Realmente ultimamente se me está complicando demasiado el escribir. Falta de inspiración, de ánimo y de tiempo, sobre todo de tiempo. Imagino que no seré la primera fanficker estresada por los exámenes. Por eso pido perdón, estas vacaciones de Navidad dejaré guardados varios capítulos por adelantado para no teneros en vela tantas semanas. Y por favor, lo suplico de verdad, como escritora (o intento de ello, "no soy escritora, sólo alguien que escribe") pido que comentéis. Lo que sea; si os ha gustado, si no os ha gustado. Si debería retocar no se cual personaje. Si ojalá ocurriese esto o aquello. ¡Podéis comentar infinidad de cosas! Si no os cuesta nada. Es un pequeño gesto que provoca una alegría (a todos los fanfickers, creo) inigualable. Es genial veros que estáis ahí, ver como las visitas suben a diario. ¡Pero manifestaros! Es facil, aunque sean unas palabrillas, pero solo eso ya es un apoyo enorme.
No os robo más tiempo. Pido otras mil disculpas de nuevo. Dadme una semana para tener más noticias, que con suerte finalizo los exámenes.
Muchas gracias a todos.

Paula McCartney.
[P.D: SPAM de nuevo. Ayer mi amiga María (Harrison) y yo conseguimos subir otro capítulo a nuestro fanfic. Ya que estoy muy orgullosa de cómo va avanzando esa historia, pues lo de siempre, que si podéis, pasaros. Dejo otra vez el link aquí, ¡gracias!
 "Got to get you into our lifes." ]


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lunes, 4 de noviembre de 2013

Capítulo 21.

Me acerqué sonriente a la puerta, allí asomaba la cabeza de Paul respondiendo con la misma sonrisa. Miré hacia atrás.
-Un momento.- dije a mi madre.
Salí fuera, ahí estaba él.
-Buenos días,- sonrió- ya veo que todo está perfectamente.
Asentí.
-Sí, al parecer solo fue un susto tonto, imagino que en poco le darán el alta.
-Oh, genial. Bueno, yo te he traído un donut para desayunar.- rió.
-¿En serio?- sonreí ampliamente- ¡Gracias! Realmente me muero de hambre, llevo demasiadas horas sin comer.
-No iba a ser menos, aunque es poco.- me lo entregó en la mano.
-En serio, muchas gracias, Paul.
-No las des. Por cierto, ¿sabes algo de Inés? No tenemos noticias de ella desde que llegamos de Londres aunque fue ayer.- rió levemente.
Pensé unos segundos la respuesta, otra mentira más.
-No, la verdad es que no sé nada.- negué con la cabeza. En ese momento una enfermera pasó por el pasillo ordenando silencio.
-Bueno, cuando puedas avisa.- sonrió- Me voy ya, dale recuerdos a tu madre. ¡Adiós!
-Gracias, adiós.
Se dió la media vuelta y comenzó a andar en sentido contrario por aquel largo pasillo. Yo entré de nuevo en la habitación, donde mi madre esperaba atentamente.
-¿Quién era?- dijo con un tono un tanto pícaro.
-Paul.- mordí el “desayuno”.
-Ah, ¿te dió eso?- dijo mientras me quitaba un pequeño trozo y se lo metía en la boca.
-Si, ¿ves como no son mala influecia?- apenas la mire.
-Es guapillo.- respondió con indiferencia.
Resoplé.
-¿Ya empezamos? Mamá, por favor…
-¿Qué? ¿Acaso no puedo opinar?- rió suavemente mientras masticaba el trozo de donut.
-No.- respondí en seco- Te conozco, sé por donde van los tiros.
-Ya… -rió- eres una paranoica.
-¿Yo? –reí- Bueno, no dire nada…
No respondió a aquello. Cogió la pequeña radio en brazos y empezó a hacer zapping. Acabó dejando una emisora de noticias, aunque no estuve muy pendiente de aquello.
Yo tenía que seguir planteando qué hacer con Inés. Me encontraba en una calle sin salida.
¿Iba? Mi madre me mataría. Acaba de tener un accidente, no soportaría que la dejase sola.
No, no iba. ¿E Inés? Una promesa es una promesa, Paula.
¿Y los chicos? No, si supieran que tengo algo que ver con su fuga a España no sabrían que pensar.
La situación era complicada. No era un callejón sin salida, era un laberinto.
¿A dónde ir? ¿Qué pensar? ¿Qué hacer?
Demasiadas preguntas y demasiados nudos. Dicen que hay siempre más soluciones que problemas. ¡¿Pues dónde están!?
Yo no encontraba ninguno, me estaba estresando.
Resoplé en aquel silencio que había entre mi madre y yo, solo se oía la radio con unas cuantas interferencias.
-¿Pasa algo?- preguntó extrañada.
-No, no. Nada, solo que me estoy adormilando aquí de esperar.
-Bueno, no sé cuando vendrá algún enfermero, pero yo también quiero irme ya. ¡Si solo fue una tontería!
-Una tontería que te dejó inconsciente, mama.- la miré.
-Que estoy bien…
En ese momento entró otro enfermero, este aparentaba ser más agradable y cercano que los que vimos anteriormente.
-¿Es usted Diana Feldman?
Ella asintió y este prosiguió.
-Bien, le informaba de que le damos el alta médica. No parece tener nada grave por lo que puede volver a la normalidad inmediatamente.
-¿Ves?- dijo mi madre por lo bajo a modo de pique dirigiéndose hacia mí.
-Si lo desea ya mismo puede ir recogiendo sus cosas.
-Vale, muchas gracias, buen hombre.- asintió con una sonrisa.
El hombre hizo una leve reverencia y salió fuera de la habitación.
Mi madre se incorporó de la camilla y me miró girando la cabeza, pues me encontraba detrás de ella.
-¿Pasa algo? Nos podemos ir ya.
-Sí, sí, vamos. Prepárate y eso.- dije mientras revolvía la cabeza levemente para mí.
Empezó a buscar sus cosas por la habitación mientras yo entraba al cuarto de baño para refrescarme.
Pasó un rato y yo seguía ahí dentro, ella llamó.
-¿Se puede?- dijo timidamente.
-Claro, perdón. Me entretuve.- reí y pasó dentro.
Empecé a recoger un poco por encima la habitación. Busqué mi llave y el resto del poco equipaje que llevaba encima. Mi madre tampoco tenía gran cosa encima, pues el bolso le perdió a la fuerza antes de ser ingresada y a parte de la ropa no debería de haber nada más.
Ambas rezabamos porque una persona con cabeza encontrara algo y le devolviese sus pertenencias a mi madre.
El reloj avanzó más o menos una hora hasta que el mismo enfermero vino a asegurar el alta.
Finalmente salimos del hospital, no faltaba gran cosa para la hora de la comida.
Miré mi cartera, cincuenta libras.
-¿Quieres ir a comer algo?- la miré sonriente- Para invitarte a algo tengo.- la enseñé el interior del monedero.
-Oh, claro. Pero tenemos comida en casa, Paula.- rió.
-Ya, pero no tendrás muchas ganas de cocinar y yo no conozco demasiadas recetas.- me encogí de hombros.
-Bueno, vamos…- aceptó y señaló uno de los bares que se encontraban al final de aquella calle.
Entramos dentro, yo me acerqué a la barra mientras mi madre escogía una de las pequeñas mesas acompañadas de dos sillas. Una camarera alta y sonriente, se acercó a preguntarme qué quería.
-¿Qué deseas, pequeña? ¿Algo de comer?
Mostré una forzada sonrisa, si algo odiaba era que me llamasen pequeña.
-Sí, una tortilla francesa y algún pescado, el que desees, pero no muy fuerte.- ni fuerte, ni caro. Mi madre no tendría el estómago en perfectas condiciones nada más salir del hospital, pero mi cartera tampoco rebosaba de dinero. La señora asintió y pegó un post-it a una ventanilla que debería de llevar a la cocina.
Me volví hacia mi madre, estaba sentada en la silla que daba de frente a la televisión, donde emitían un programa de juegos de azar, al que tampoco prestaba demasiada atención.
-Ya está, -dije mientras apoyaba los codos sobre la mesa- imagino que no tardarán en traerte la comida.
-¿Traerme?- dijo extraña- ¿y tú?
Reí irónicamente y saque la cartera mostrándole el billetero.
-Picaré un poco de pan si tal, o si no me preparo algo en casa.
-Estás tonta, eh. Tienes que comer.
Resoplé y puse los ojos en blanco.
-Mamá, estoy bien. Como sin problemas, no tengo ningún problema alimenticio. ¿Recuerdas?- puse una sonrisa de convencimiento.
-Bueno, vamos…- aceptó y señaló uno de los bares que se encontraban al final de aquella calle.
Entramos dentro, yo me acerqué a la barra mientras mi madre escogía una de las pequeñas mesas acompañadas de dos sillas. Una camarera alta y sonriente, se acercó a preguntarme qué quería.
-¿Qué deseas, pequeña? ¿Algo de comer?
Mostré una forzada sonrisa, si algo odiaba era que me llamasen pequeña.
-Sí, una tortilla francesa y algún pescado, el que desees, pero no muy fuerte.- ni fuerte, ni caro. Mi madre no tendría el estómago en perfectas condiciones nada más salir del hospital, pero mi cartera tampoco rebosaba de dinero. La señora asintió y pegó un post-it a una ventanilla que debería de llevar a la cocina.
Me volví hacia mi madre, estaba sentada en la silla que daba de frente a la televisión, donde emitían un programa de juegos de azar, al que tampoco prestaba demasiada atención.
-Ya está, -dije mientras apoyaba los codos sobre la mesa- imagino que no tardarán en traerte la comida.
-¿Traerme?- dijo extraña- ¿y tú?
Reí irónicamente y saqué la cartera mostrándole el billetero.
-Picaré un poco de pan si tal, o si no me preparo algo en casa.
-Estás tonta, eh. Tienes que comer.
Resoplé y puse los ojos en blanco.
-Mamá, estoy bien. Como sin problemas, no tengo ningún problema alimenticio. ¿Recuerdas?- puse una sonrisa de convencimiento.
-Bueno... -no añadió nada más y empezo a tamborilear la mesa con un palillo que había cogido.
Nos quedamos sin tema de conversación durante ese rato, solo se oían algunas voces de ancianos que tomaban una cerveza en el bar con algún amigo y la televisión de fondo. Por fin, la voz de la camarerá destacó.
-¡Eh, tú, chica! Aquí tienes los platos.- los apoyó sobre la cristalera de la barra y me acerqué a por ellos. Dejé las trece libras con ochenta peniques, no era demasiado caro, pero tampoco una ganga. Tenía dinero para pedirme una ración y comer un poco, pero mi estómago tampoco estaba por la favor de dirigir correctamente lo que metieran en él.
Volví con los platos en ambas manos y los coloqué sobre la mesa en frente de mi madre, me acerqué de nuevo a por un pequeño botellín de agua y regresé a mi asiento.
Ella clavó el tenedor en la orilla de la tortilla y cortó un trozo, lo pinchó y se lo acercó a la boca.
-Entonces veo que piensas seguir viendo a esos chicos.- dijo con indiferencia antes de meterse la comida en la boca.
Respondí extrañada, sin entender a que volvía de nuevo ese tema mientras arqueaba una ceja irónicamente.
-No veo por qué no hacerlo.- intenté responder con igual indiferencia, pero creo que se notó un tanto que estaba a la defensiva en mi tono de voz.
Levantó levemente la mirada hacia la mía con la cabeza agachada hacia el plato. Su mirada practicamente mostraba todo el descontento que no pretendía decir con palabras.
-Te aseguro que no son la mala influencia que tú crees.- dije teniendo esperanza de que el modo de decirlo relajase un poco la situación.
-Por lo que he oído por la radio, todos los grupos “buenos” –entrecomilló la palabra con los dedos de ambas manos- son enviados a Hamburgo.
Asentí.
-¿Y hay algo de malo en eso?
Se aclaró la voz y continuó cortando la tortilla.
-Sí. El ambiente de esos clubs donde van a tocar no es la mejor… influencia.
-¿A qué te refieres?
-Lo sabes perfectamente. Sexo, drogas y…
-¿Rock’N’Roll?- interrumpí con una leve risa. Me fulminó con la mirada, no tardé en darme cuenta de que no estaba bromeando.
-¿Y cuánto tiempo estarán allí?
-Por lo que me han comentado, unos cuantos meses, pero no es nada definitivo. – me encogí de hombros.
-¿Y sigues teniendo la alocada idea de ir a España?-  clavó la mirada en mí. Aunque su voz no sonaba demasiado agresiva notaba desconfianza en ella.
Permanecí con mis ojos fijos igualmente en los suyos, aunque no tardé en incomodarme y agaché la cabeza. Suspiré y me incorporé de la silla.
-Creo que voy a ir a por algo de postre.
No añadió nada a aquello y partió un trozo de pan mientras yo me acercaba de nuevo a la barra. Pedí un café con leche, aquella situación me había destemplado.
Desde allí veía como mi madre ya tragaba a duras penas la mitad del segundo plato, por lo que no creí conveniente sumarle un tercero de postre.
Después de recibir la taza de café y añadirle varios sobres de azúcar me acerqué de nuevo a nuestra mesa, seria, dejando bruscamente la taza en ella y clavando mi mirada en la suya. No pretendía parecer violenta, pero si seria. Tenía que conseguir como fuese que viera que no era ninguna tontería. Aunque eso ambas lo sabíamos.
-Necesito ir, por favor.- ví que abría la boca para interrumpirme, por lo que comencé de nuevo a hablar más rápido y decidido, entrelazando ambas manos suplicante.- Te devolveré el dinero, me pondré a trabajar, ahorraré. Robo un banco si as necesario pero por favor, no me dejes en Liverpool. La situación es complicada.
Soltó aire por la nariz lentamente analizando unos segundos el tema.
-Sigo sin convencerme. Es demasiado arriesgado, entiéndelo.- me miró compasivamente.
-Lo sé, mamá. Lo sé perfectamente. Pero con miedo no se va a ningún sitio, hay que arriesgar. No siempre se tendrán buenos resultados pero si no se intenta nunca se sabrá cual es el final.
-Es muy distinto, -su voz se agrietó y me miraba a los ojos. Pocas veces sus ojos transmitían emociones, pero ahora tenían un brillo especial. Un brillo que pocas veces conseguía ver, un brillo de miedo, materno.- en este caso arriesgarse puede llevarte a la…- se interrumpió y bajó la mirada.
-La muerte.- dije en un tono más bajo y comprensivo.
Asintió debilmente y soltó aire por la boca. Se levantó de la silla y se echó el abrigo por encima para dirigirse de nuevo a la salida como si la anterior convensación nunca hubiese tenido lugar. Mostraba una sonrisa, aunque yo que la conocía sabía que era forzada.
-Tiempo al tiempo, seguro que no es necesario que vayas ahora. ¿Por qué no esperas a tener los dieciocho? Allí ya serás mayor de edad.- transmitía una tranquilidad mucho mayor que pocos minutos antes.
-Si pudiese esperar lo haría. El caso es que es urgente, ya te lo expliqué. El valor de una promesa.
Asintió y torció los labios.
-Sé lo que significa para tí una promesa, sé que no es ninguna tontería. Pero yo también hice hace muchos años la promesa de no permitir que te ocurriese nada, y dejarte ir a un regimen franquista no es la mejor manera de evitar accidentes.
Puso una mano sobre mi hombro, y yo no añadí nada más.
Todo el camino hacia casa fuí con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, cabizbaja y arrastrando los pies a cada paso. No tuvimos mucha más conversación, por lo que mi cabeza seguía atormentándome una y otra vez con Inés.
Mi madre poco a poco iba cediendo, pero a la velocidad a la que conseguía convencerla no sería lo suficiente como para que mi amiga esperase.
LLegamos a casa, tiré las llaves sobre la cómoda de la entrada y coloqué el abrigo sobre una percha que se encontraba contra la parte interior de la puerta.
Me dirigí a mi cuarto, el paquete de tabaco estaba sobre la cama. Arqueé las cejas sorprendida al darme cuenta de que estaba ahí y de que en cualquier momento mi madre pudiera entrar y verlo.
Me avalancé sobre él y no escondí debajo de la almohada, después me acerqué a la cocina con la mayor normalidad posible.
Y tenía suficiente con haberme juntado con los Beatles, si mi madre se enteraba que estaba cayendo de nuevo en las garras del tabaco no saldría de por vida.
Así que comencé a prepararme un tazón de leche con cacao y cereales cuando llamaron con fuerza a la puerta.
Me sobresalté y mi madre se asomó por el marcó de la puerta de su dormitorio preguntándome si sabía quién era.
Me encogí de hombros, no tenía idea de quién podía saber si estaba en casa cuando poca gente estaba al tanto del accidente de mi madre.
Me acerqué a la entrada mientras ella se encerraba en su habitación.
Abrí. Era George.
Un “oh, oh” sonó en mi mente. Un escalofrío recorrió mi espalda.
Malas noticias, seguro. Llevaba un pequeño trozo de papel agarrado con el puño de una mano. Permanecía serio, y su mirada no expresaba la misma alegría inundadora de siempre. Tampoco su sonrisa, o su postura.
Intenté ocultar ese nerviosismo repentino y sonreí  mostrado sorpresa.
-Hola George, no te esperaba por aquí. ¿Ha pasad…
-¿Tú sabías que Inés pensaba marcharse a España?
Me escurí por el hueco que había entre la puerta y el marco y la cerré a mis espaldas. Inmediatamente desplegó la pequeña nota que llevaba en su mano.
-Lo ha dejado en el felpudo de su casa, fui a preguntarla qué tal estaba y esto fue todo lo que encontré.- comenzó a explicar, mientras me miraba a los ojos.- Según parece tú eres la única que parece saber algo.
Estaba perpleja, no entendía nada. ¿Cómo que una nota en su felpudo? ¿Se había marchado ya?
No, no era posible, no le había dado tiempo a planear y preparar todo en las pocas horas que llevábamos allí. Me negaba a aceptarlo, pero me limité a leer la carta.
No sé quién de todos mis conocidos cercanos serás el que esté leyendo esto. Puedes ser un familiar, una amiga, un Beatle, un vagabundo, un cartero, un publicista… El caso es que yo estaré en el aeropuerto con la esperanza de que esto caiga en buenas manos. Me voy a España, los nervios me están comiendo por dentro, no aguanto más. Seas quién seas, si la suerte está conmigo, avisa a Paula de que me marché, pedid disculpas de mi parte por no esperar. Pero sabe perfectamente que la situación es delicacada.
Inés.”           

[Muy buenas queridos lectores. Perdonad la tardanza de este capítulo. La inspiración, el tiempo, y el ordenador me fallaron. Espero esta semana poder subir algún capítulo más y al igual la próxima semana. Igualmente, en el caso de que me sea imposible, os dejo aquí el enlace de otro fanfiction que estoy haciendo con otra chica. María Fernández, Mariaccavmneox, o Mary Harrison como la llamo yo.
Si podéis pasaros un poquito por allí, que no tenemos muchos capítulos y es fácil de leer además de que no os cuesta nada.
Muchas gracias a todos, un fuerte abrazo.
Got to get you into our lifes. ]

sábado, 14 de septiembre de 2013

Capítulo 20.

El corazón se me detuvo, se me secó la garganta y era incapaz de responder a aquel hombre de voz grabe que permanecía al otro lado del teléfono informándome de lo ocurrido.
Tragué saliva. Nada. No conseguí que las palabras saliesen de mi boca.
El señor dio por finalizada la información.
Asentí para mí con los ojos enrojecidos, y con la voz rota le agradecí el aviso.
Colgué con la mirada perdida, de nuevo, intente tragar saliva.
Me giré hacia la puerta, Paul se había a acercado hasta allí al oir mi grito.
Mostraba empatía con la mirada, lentamente levanté los ojos hasta cruzarme con los suyos.
-¿Qué ha pasado? ¿Es tu madre?- dijo lentamente, sin apenas encontrar las palabras correctas.
Aparté de nuevo la mirada y empecé a contarle lo sucedido tartamudeando.
-Un… un hijo de puta la ha atracado… y…- resoplé- cayó al suelo. Al darse un fuerte golpe en la nuca quedó inconsciente.
Negué con la cabeza y cerré los ojos. Apreté los labios, rápidamente recogí las llaves que había lanzado en la mesa del comedor al ir a descolgar el teléfono. Me apresuré a la puerta de salida.
-¿Qué? ¿Y dónde está?- me siguió Paul por el pasillo mientras escquivaba a mi perra que andaba de un lado a otro desorientada.
-En el hospital, alguien debió de avisar a urgencias al ver la escena.- salí de casa mientras hacía una señal a mi perra para que se fuera al salón. Obedeció.
-Perdóname por no poder acompañarte, tengo que acercarme a verla.- proseguí.
Él salió detrás de mí mientras Martha le seguía con prisas.
-¿Bromeas? Ni pienses en disculparte por eso, es más, te acompañaré.
Cerré la puerta con fuerza y comencé a andar.
Otro cigarro.
¿Otro? Paula, habías dejado de fumar, joder.
Fue inútil, poco tarde en darle la primera calada.
-No hace falta que hagas nada, Paul. Muchas gracias…- mostré media sonrisa forzada- Tú… Vosotros ocuparos de detener a Inés.- seguí andando, caminaba a mi lado rápidamente.
-¿Por qué? ¿Qué va a hacer Inés?
-No, nada. Distraedla, que no piense en su hermana, ya sabes. Montad una fiesta, o algo, se os da bien.- no molesté demasiado en explicarle nada más. Tampoco es que pudiese. Inés sabía perfectamente que la detendrían.
-Claro, montamos una fiesta y tú en el hospital. Ni lo sueñes.
Dí otra calada, esta vez más grande, y tragué el humo.
-De verdad, muchas gracias, en serio. Pero es más importante ella.- me dio una colleja.
-Mi casa pilla de camino, dijo a Martha y pienso acompañarte. Si crees que te dejaré sola vas lista, entiendo perfectamente tu situación.- se rascó el pelo con un poco de nervios.
-¿A qué te refieres?- le miré extrañada.
-Bueno, mi madre…- suspiró- murió de cáncer cuando yo apenas tenía quince años.
Me detuve en seco. Levanté la mirada hacia él que antes estaba perdida mirando a un suelo. ¿Qué podía decir yo ahora? Un leve “ay” salió de mi boca y le abracé.
-No… No sabía nada. Lo siento muchísimo.- apoyé mi frente en su hombro y me devolvió el abrazo.
-Sí, bueno, no recordemos aquello. Ya es pasado…- mostró media sonrisa tímida y me giró del hombro para que siguiéramos andando.
Mi cigarro ya se estaba acabando, y mis nervios no habían disminuido. Perfecto.
Después de eso último no hubo demasiada conversación. Supongo que él entraría en un mundo de recuerdos, mientras a mí se me pasaban por la cabeza cosas sin pies ni cabeza que le pudieran pasar a mi madre. La mente humana es muy poderosa, al menos eso dicen.
Finalmente llegamos a la puerta de McCartney. Sacó las llaves de un bolsillo interior de su chaqueta de cuero negra y llamó a Martha.
-Salgó en medio minuto, más te vale que no te vayas sin mí.- se dirigió a su casa sin decir más. Resoplé sin decir nada más, a modo de afirmación.
No quería que se molestase en acompañarme, aunque en el fondo sabía que lo iba a necesitar.
Empecé a golpear el suelo que el tacón derecho de la zapatilla nerviosa. También me mordí las uñas. ¿Por qué me tuve que dejar el tabaco en casa?
Poco después salió Paul cerrando la puerta con llave, no se molestó en andar hasta donde yo le dejé y siguió avanzando hasta que nos encontramos de nuevo más adelante.
No quedaba mucho para llegar al hospital, por lo que la conversación tampoco fue muy abundante.
Llegamos. Rapidamente me acerqué hasta la puerta de urgencias.
Caras pálidas y tristes abundaban en la sala de espera, mientras que otras sonreían y desprendían alegría. Imagino que algunos habrían perdido a algún familiar querido, aunque otros tendrían a un pequeño nuevo en la familia.
En aquellos sitios se podía encontrar las dos caras opuestas de la vida. Y era realmente estremecedor.
Pregunté al primer señor con bata blanca que se me cruzó en aquella pequeña sala. Rapidamente me dirigió a una habitación.
Giré la cabeza, Paul hizo un gesto de que me esperaría en alguno de los asientos hasta que saliera con noticias. Mostré media sonrisa de agradecimiento y de nuevo seguí al enfermero.
Finalmente colocó la mano en uno de los picaportes de una puerta de un largo pasillo pintado de tonos claros y poco iluminado. Me acompañó dentro, ahí permanecía mi madre.
Estaba tumbada en una camilla con una fina sábana que habían colocado sobre ella.
Aquel enfermero ojeó un poco por encima pasando varias páginas un portapapeles en el que debería de tener anotado el estado de todos los pacientes.
-Parece un simple desmayó, con suerte no tardará en despertarse, aunque habrá que esperar algunas pruebas.
Asentí y me senté en un sillón que se encontraba al lado de la camilla.
El señor me explicó como podría pasar la noche allí, cuando trairían el resultado de todas las pruebas y poco más, después se despidió y cerró la puerta. Le dí las gracias y miré a mi madre.
Parecía dormida, pero demasiada calma. Solo era un simple desmayo. Paula, tranquilízate, no pasará nada. ¿Qué tendría que pasar?
Cogí aire, bajé la mirada y apoyé mi mano sobre la suya. Estaba fría. Después de un desmayo disminuye mucho la presión arterial. Era algo común. ¡Paula, que te tranquilices, joder!
Ahí tuve un flashback. Levanté la mirada, aunque permanecí con ella al infinito.
Todos los recuerdos vinieron a mi cabeza. De infancia, y adolescencia. Pero sobretodo, aquel día. Ese asqueroso día que descubrí la verdadera pasta de la que mi padré estaba hecho.
Me ví a mí, con apenas cinco años, persiguiendo a mis padres por la casa para que dejasen de discutir, por lo menos delante mío.
“-¡Dejad de gritar, por favor!”
Él la había empujado hasta la habitación, cogió su bolso y empezó a revolver dentro de mi bolso. Mi madre puso resistencia, agarró su bolso por el otro extremó y lo forzó.
Ahí, esa imagen que no sale de mi retina. Mi padre levantó la mano y le dio un puñetazo haciéndola caer sobre la cama.
“-¡Mamá!”
Lloraba. Lloraba yo, lloraba ella. Mi padre sacó una maleta de la nada, al menos de un sitio desde el que yo no la divisaba. Finalmente cogió la cartera de mi madre, metió la mano y sacó todo el dinero. Lo introdujo en su bolsillo, y de ahí sacó sus llaves, que a continuación lazó también contra mi madre. Y salió de casa dando un portazo, sin decir nada más. Ni una palabra.
Volví en mí. Revolví la cabeza y parpadeé varias veces, seguía en la habitación, con mi mano puesta sobre la suya, pequeñas lágrimas se acumularon en mis parpados.
Inspiré aire y tragué saliva. Para colmo de mares había discutido con ella.
Miré sus ojos, aún permanecían cerrados aunque su respiración parecía ser normal, a pesar de necesitar máquina de oxígeno.
Al fin me eché para atrás apoyando la nuca en el respaldo del sillón, no separé mi mano de ella y cerré los ojos. Respiré profundamente varias veces, intentando dejar mi mente en blanco, no dio gran resultado y mis lágrimas cada vez eran más abundantes.
De nuevo abrí los ojos, miré al techo. Recé todo lo que sabía, a pesar de mi poca creencia religiosa. Tampoco me limité en maldecir a mi padre una y otra vez.
¡Mierda! ¡Paul! Estaba esperando mi regreso, esperaba no haberle hecho esperar demasiado. Me levanté y me dirigí a la puerta, antes de salir miré de nuevo hacia la camilla. Seguía inmóvil.
Suspiré. Paciencia. Finalmente salí de aquella habitación y me dirigí a la sala de espera.
No tardé demasiado en divisarle. Parece que el tampoco a mí. Destacaba entre todos esos personajes. Él llevaba su tupé, su chupa de cuero, sus pantalones negros, sus botines. Su tomborileo constante con los dedos en el reposabrazos del asiento. Y su juventud. No había muchos que bajasen de los treinta años de edad, y él ni llegaba a los veinte. Destacaba.
Rapidamenté se levantó y se dirigió hacia a mí ocn media sonrisa. Respondí igual.
-¿Y bien?
-Parece que no tardará en mejorar, al menos eso dicen…
-¿Necesitas algo? Si quieres me quedo.
Sonreí y negué con la cabeza.
-No, muchísimas gracias. Ya hiciste bastante.
-¿De verdad?
Simplemente asentí.
-Bueno, si lo necesitas avísame eh, ya sabes.- mostró su mejor sonrisa.
Le devolví la sonrisa y le despedí.
-Muchas gracias, en serio, Paul. Espero que todo pase rápido. Adiós.- me dirigí de nuevo a la habitación sonriente.
-¡Eh!- me giré- ¡Todo saldrá bien, lo sabes!- sonrió y guiñó un ojo mientras se dirigía a la puerta de salida. Reí levemente y seguí mi camino.
Entré en la habitación, cerré por dentro apoyando la espalda contra la puerta. Solté aire. Después de esta semana no volvería a verles en meses. Incluso puede que para cuando regresasen ni se acordarán de mí. Y España, Inés.
Revolví la cabeza, miré de nuevo a la cama. Sin noticias nuevas. No era momento de pensar en aquello, mi madre estaba ahí, inconsciente, y pocas cosas aparte de esa importaban.
Pero Inés se encontraba en la misma situación. Y yo tenía una promesa que cumplir.
Ya había empezado a amanecer hace un rato, el sol se encondía entre las lejanas casas de Liverpool y daba un tono anaranjado a la habitación. Una noche que me tocaba pasar entre esas cuatro paredes.
Se acercaban las ocho de la noche. Entro una enfermera, con la misma bata blanca que el señor de antes. Traía una pequeña bandeja con comida.
-Esperábamos que se hubiese despertado ya.- la miré y negué con la cabeza. Prosiguió.- en tal caso, las pruebas no han mostrado ningún desorden, así que no debería haber ningún problema.- sonrío y dejó una manzana verde sobre la mesilla que estaba al lado de la camilla.
-¿La necesitará?- pregunté extrañada.
-No sabemos, por si despierta y tiene hambre. Esto le vendrá bien.- de nuevo sonrió y se acercó a la puerta.
-Muchas gracias.- sonreí y la señora salió por la puerta.
Suspiré, por lo menos ya tenía unas pocas más esperanzas. Además sus manos tenían mayor temperatura. Sonreí para mí y apoyé mi frente sobre un lado de la cama. ¿Inés sabría algo de esto? No creo. Dificilmente tendría noticias últimamente de esa muchacha. Tenía la esperanza de que alguno de los chicos hiciese algo para retenerla durante unos días más, hasta que partiertamos juntas a España, pero eso tampoco la beneficiaría a ella. Ni a su hermana.
“¡Bufff!” Necesitaba dormir, pero sería difícil conciliar el sueño. Me recosté en el sillón y cerré los ojos. Por lo menos, si no dormía, por lo menos descansaba la mente.
Al menos eso esperaba.Tenía un pequeño salvavidas.
Londres. Sí, Londres. Buenos recuerdos. ¿Y mi piano? ¿Dónde había dejado mi piano? Ah, si. Estaba sobre la cama, apartado a un lado para cuando McCartney entró. Me entraron ganas de aprender a tocar un poco más aquel pequeño instrumento, pero ahí iba a ser un poco difícil.
¿Y la armónica de John? No la volvío a tocar desde que la tomó prestada al vendedor ambulante que poco tardó en perseguirnos. Reí. Sí, aquel fue un día genial. Hasta la noche. Esa noche Inés se enteró de la noticia.
¿No existía ningún botón para retroceder en el tiempo para evitar cosas malas y repetir las buenas? No, pero debería de haberlo.
Más recuerdos, más sonrisas que quedaron enceradas en aquella habitación. Más felicidad que aquellos cuatro chicos no se imaginaban que podían dar.
Pasó el tiempo, perdí la noción de él. Permanecía con los ojos cerrados, y creo que una leve sonrisa pintada en mi rostro.
Noté como unos dedos deslizaban por mis mejillas y terminaban detrás de mi oreja. Alguien me acaba de retirar el pelo de la cara. Pero, ¿quién?
Abrí los ojos pesadamente, me había quedado dormida en aquel sillón. Tardé un poco en enfocar mi vista, pero no demasiado como para destinguir un cabello no muy largo, de color castaño con toques rubios.
Sonreí, sonreí ampliamente.
-¡Has despertado!- me lancé a sus brazos. No solo se había despertado, si no que estaba de pie, delante de mí.
-¡Ay! Si, hace nada.- sonrió- Te ví aquí al lado y se me pasaron todos los males.- reí levemente y ella se rascó la nuca, la detuve.
-Quieta. Te has golpeado la cabeza.
-Imaginaba, siento martillazos dentro del cráneo… - parpadeó varias veces. Le cogí de los hombros y recosté sobre la cama.
-Duérmete, te verdrá bien.
-Creo que ya he dormido demasiado en las últimas horas.- rió levemente.
-Ya veo que estás perfectamente, -sonreí- pero yo tengo sueño, así que…
-Bueno… Buenas noches.- me lanzó un gracioso beso. Reí y me acosté de nuevo.
Ahora sí que sonreía y ampliamente. Un peso menos que tenía encima, y esos kilos de menos me permitieron volver a conciliar el sueño.
No llegué  a dormirme por completo, a menudo me despertaba y me volvía a dormir poco minutos después. Despertaba, dormía, despertaba, dormía. Sucesivamente toda la noche.
Oí unos golpes entre sueños, ese ruido me despertó. Poco a poco fui abriendo los ojos. La habitación ya estaba iluminada por la luz que asomaba por la ventana.
Miré a todo desorientada, me froté los ojos y finalemente me ubiqué.El reloj marcaba las ocho y media de la mañana.
Mi madre estaba recostada en la cama, tenía la espalda apoyada contra la pared con un cojín y las piernas estiradas. Permanecía con una pequeña radio que dejaban en cada habitación para que la estancia de los pacientes no fuera tan insoportable.
-Buenos días- sonrió, aparentaba estar ya en perfecto estado.
-¿Eh? Ah, bue…- la puerta se abrió poco a poco hasta que una cabecilla se asomó por ella, al pared esos golpes no los había soñado.
Ambas dirijimos nuestra mirada hacia allí, no tardé en reconocerlo.
Me levanté casi de un salto y me dirigí hacia él.
-¡Paul!

________________________________

Buenos días, tardes, noches, queridos lectores. Ya tenéis un capítulo nuevo de esta novelita.
Pasad, leed, comentad, disfrutad, y si no, criticad. Ya sabéis que toda crítica sirve para mejorar.
Intentaré escribir estos días, a pesar de que me será un tanto difícil por el inicio de curso.
Haré lo que pueda. En tal caso, perdonad.
Y de nuevo; ¡Espero que os guste!

Paula McCartney.




martes, 10 de septiembre de 2013

Capítulo 19.

La cara atónita de su reacción no tenía precio alguno. La boca abierta y los ojos como platos de mi madre lo decían todo; miedo, tensión, inseguridad, duda.
No sabía exactamente cual iba a ser mi escusa esta vez para escaparme de viaje otros tantos días, y esta vez a un país en el cual su régimen no era el mejor de todos.
No pensé cual sería mi razón para visitar España, a parte de la curiosidad por saber de aquel padre que perdí en la infancia. Lo único que tenía claro en ese momento era que Inés me necesitaba. Puede que no fuese a la que más, ni mucho menos. Pero su situación era muy complicada, y no me iba a negar a ofrecerle una mano amiga.
Seguramente, al menos así lo veo, ninguno de los chicos, o la propia Neus hubieran negado su ayuda. Pero todos ellos tenían ya suficiente encima; los Beatles con su gira por Hamburgo, mientras que a Neus le tocaba cuidar del pequeño Julian.
Seguí sin decir una palabra mientras mi madre pronunciaba diversas sílabas sin orden o sentido alguno.
-¿Realmente pretendes que te deje ir a España? ¿En serio?
-Mamá, es una situación de fuerza mayor.
Rió irónicamente, algo que despertó una leve furia dentro de mí, cosa que supe disimular.
-¿Sí? ¿Y qué es esta vez? Te recuerdo que para Londres dijiste exactamente lo mismo, y mira.
-También era una fuerza mayor, al menos en mi caso. Pero esto es muy distinto.
-¿Tan importante es? Vamos, dilo, lo comprenderé entonces.
¿Y ahora qué?  ¿Qué le decía? ¿Qué me iba a ir ni yo sé el tiempo a un país completamente desconocido a ayudar a la hermana de una amiga en asuntos de política? ¿¡En España!? No, no podía, me tomaría por una demente. Además del tema de mi padre, y de que a Inés conozco apenas de unas semanas.
Callé unos segundos y agaché la cabeza.
-Mamá…
-No, dilo. ¿O qué? ¿Es por tu padre?
Negué con la cabeza mientras permanecía con la mirada baja.
-Sabes perfectamente que no.
Movió la cabeza buscando mi mirada.
-¿Entonces? ¿Qué pasa, hija?
-¿Estarías orgullosa de mí por temas políticos?
Su expresión cambió rotundamente en ese momento.
-¿¡Estás bromeando!? ¿¡Pretendes, de verdad, que te permita ir a España,-realzó ese “España”- por temas de política!?
No dije nada, apenas hice un gesto de afirmación.
-No puede ser, hija. ¿Qué te han hecho esos chicos? Siempre fuiste más tímida y mucho más reservada.
Tema tabú, cogí aire.
-¿¡Qué!? Deja de echarles la culpa a ellos de una maldita vez. No tienen nada que ver, ¡por favor!
-¡Sólo quiero una jodida explicación, Paula! ¡Soy tu madre!
-¡Que arresten a tu hermana después de una guerra civil y después juzgas la situación!
-¿Perdón? Tú no tienes hermanas.
Resoplé y entré en mi habitación arrastrando aún la maleta y dí un portazo. Entró detrás.
-Explícame eso, ya.
Me giré dándole la espalda y me tire sobre la cama.
-¡Déjalo! ¡Para tí siempre seré la niña pequeña que no puede tomar decisiones sola!
-Ni siquiera tienes dieciocho años, si tan independiente eres, págate tú el viaje.
Me giré hacia a ella agresivamente, pensaba responderle con toda mi rabia interior. Medité dos veces. En dos días no tendría dinero para el viaje. <<¡Joder!>>
Arqueó las cejas intentándome decir un “game over” con la mirada.
Me tumbé de nuevo expulsando aire furiosa mirando al techo.
-Vete, por favor.
-Como quieras, tú tienes todas las de perder.- se fue sin decir más cerrando la puerta tranquilamente.
¿Qué hacía ahora? ¿Qué le digo a mi amiga? Prometí ayudarle, y ahora… Ahora nada.
Pasé un rato sobre el colchón dándole vueltas y vueltas a ese horrible resultado.
Ella contaba conmigo, no podía hacerle eso. No. Me negaba a aceptarlo.
Pero sí, para mala suerte era menor de edad.
Sin yo darme cuenta pasó un buen rato mientras yo revolvía aquellos sentimientos de culpabilidad.
“Toc, toc” sonó al otro lado de la puerta.
Suspiré.
-Pasa…
-Me marcho a trabajar, te dejo aquí a la perra. Si quieres, hablamos a la noche tranquilamente.
Tranquilamente dice. ¿¡Cómo quería que me tranquilizase!? Pasaba el tiempo, Inés cada vez estaría más cerca de su partida a tierras españolas y yo ahí, sin hacer nada.
-Como quieras…- apenas la miré. Cerró la puerta y, a continuación, oí la de la entrada.
Mi pequeña perra Lola saltó a la cama y se acurrucó en mi barriga mientras la acariciaba su suave cabecita.
Continuaba sin saber qué pensar, qué decir, qué explicar. Cómo escusarme.
Me levanté de la cama moviendo pesadamente a mi mascota.
Música. Sí, eso. Música. Siempre está ahí cuando se la necesita.
Tocadiscos, estantería. “B”… “B”… “Bu”… “Buddy Holly”. Ahí estaba.
Si escuchaba The Beatles en aquel momento me comería la cabeza muchísimo más. Por lo que resistí aquella tentación.
Volví a sentarme a las orillas de mi cama, con la mirada fija en ninguna parte. De vez en cuando revolvía para mi misma la cabeza. El tiempo seguía avanzando.
Teléfono.
Desganada avancé a hasta el salón. Sin apenas darme tiempo a decir la primera palabra oí una vocecilla.
-¿Y bien? ¿Qué tal?
Oh, oh. Inés. Ni siquiera tenía preparado como iba a explicarle todo y ya estaba allí.
-¿Eh? Sí, no marcha mal… Tú dame unas horas... –mentí.
Su tono de voz aparentaba ser alegre.
-¿Sí? Dios mío, muchísimas gracias, no sé cómo devolverte este gesto. No pensé que te lo fueses a tomar en serio.
Sin palabras. Necesitaba una intervención divina para responder a aquello. Mi alma se hizo pedacitos en un instante.
-No las des. Las promesas son promesas. Lo siento, te tengo que colgar. Te informaré dentro de poco.
Colgué antes de que pudiera responder. La cobardía me inundó por dentro. No podía hacer otra cosa.
La música seguía sonando levemente desde mi habitación.
¿Bailar? No había fuerzas.
¿Llorar? Mi situación no era tan trágica.
¿Qué hacía? Ya no tenía solución ni para relajar la tensión.
Lola permanecía recostada en mi cama mientras me miraba con sus grandes ojos de avellana.
Mostré media sonrisa.
-Tú eres una verdadera amiga. Que lo sepas, pequeña.
Me acerqué y la acaricié del cuello revolviéndola suavemente toda la cabeza.
Parecía que comprendía  que no se tenía que mover de allí, de mi cama, haciéndome compañía por lo menos hasta que mi ánimo se recuperase.
Va a ser verdad eso de que los animales sienten los sentimientos de sus amos.
Esperaba sentada en el suelo de mi habitación, con la espalda apoyada en la pared a ritmo de Buddy Holly alguna solución para todo aquel conglomerado de problemas.
Tenía pocas esperanzas, aunque la noche siempre enternecía a mi madre, por lo que sabía que a la hora de la cena sus decisiones serían más moldeables.
Decidí dejar ese tema aparcado, por lo menos unas horas. Necesitaba descansar, había sido un duro viaje. Todo acabó en un intento fallido, no conseguí despejar mi mente.
El tocadiscos hizo aquel peculiar sonido, tan perfecto que emitían los discos de vinilo al llegar a su fin. Suspiré rompiendo el silencio que reinaba en mi habitación.
Me levanté, Lola seguía ahí.
Idea, volví al teléfono.
-¿Sí…?
-¿Paul?
-¿Paula? Sí, dime.
-Ah, me aburro.- reí- ¿Te vienes con Martha un ratito a dar una vuelta?
Rió.
-Exactamente acabo de venir con ella hace cinco minutos, pero no nos vendrá nada mal tomar un poco más el aire.
-Genial, ¿a qué hora te viene bien?
-Cuando quieras.
-Pufff, me tengo que duchar y preparar. ¿Cuarenta y cinco minutos es mucho?
-No, aprovecho y hago tiempo pasándote a buscar.
-Como desee el señor McCartney.- reí, rió- De todas formas, si tu coche no fuera un auténtico calefactor podría soportar hasta la noche. Pero…- reí de nuevo.
En ese momento empecé a oir su voz imitando la de un niño pequeño.
-¿Sí? No sabía que los motores daban calor. Cuéntame más, profe Paula.
Reí a carcajadas. Ese chico tenía buenas formúlas para sacar sonrisas y animar a la gente.
-Eres tontísimo, por favor…
-Báh, ser igual a los demás es demasiado aburrido.
-No te negaré eso.- sonreí.
-No te entretengo más, en nada nos vemos.
-Hasta luego, Paul.
-¡Bye!
Comunica. Fin de la conversación. Asomé la cabeza por el hueco de la puerta de mi dormitorio.
-Lola, tienes una nueva amiga, aunque ya la conocías.- reí para mí.
Levantó la mirada hacia mí, supongo que no habría entendido palabra, pero estaba un poco más alegre. Por lo menos tendría algo con lo que distraerme. Además, con él.
Me preparé la ropa limpia, aprovechando a vaciar y separar la maleta, que seguía colocada a malas maneras en una esquina de mi habitación.
Encendí el calefactor. Ducha rápida. Si me quedaba allí más tiempo, aparte de retrasarme volvería a darle vueltas al mismo asunto del día de hoy. Y no quería volver de nuevo a ese círculo.
Salí. Me sequé, me vestí… En sí, me preparé.
No tardó mucho en sonar el timbre de la entrada, me dirigí allí sonriente.
Abrí.
-¡Buenas!- saludó sonriente. Martha estaba a su derecha, con el aliento fatigado constante que tienen los perros.
-Ajá, los ingleses tan puntuales como de costumbre.- dije mientras me agachaba levemente para saludar a Martha.
Rápidamente se oyó a Lola bajar de mi cama y venir apresuradamente hacia la puerta. Ella no podía faltar de saludar.
Galopó hasta toparse con el hocico de Martha de frente.
-Bueno, que tú también eres inglesa, eh. –rió.- Hola, pequeñaja.- acarició a mi perrita, a la cual Martha triplicaba el tamaño.
-Apenas me falta  nada y estoy lista, ¿pasas?- señalé con el dedo pulgar el pasillo que conducía al salón a mis espaldas pasándolo por encima del hombro.
Él se encogió de hombros y pegó un pequeño silbido para que Martha reaccionase y avanzará con él, a la cual no tardo en seguirle Lola.
Terminaros el pasillo y llegaros a la puerta del salón.
Volteó la cabeza hacia mí sonriente.
-¿Hoy podré ver tu habitación o nunca me dejarás ver cuantas cosas tienes nuestras?
Entré a la cocina a buscar una gominola canina para las dos mascotas.
-Hasta ahora poco he podido conseguir, eh.- reí.- pero pasa, si quieres.
Al menos, ya no tenía todas las fotos que estuvieron colocadas anteriormente. Por cosas así se asustaría y huiría, seguro. Reí para mí.
-¡Ah! ¡Cuidado que habrá pelos de Lola en la cama!- grité,al acordarme de que estuvo sentada allí.
-¡Tranquila! ¡No tenía planeado meterme en tu cama!- reí casi a carcajadas después de escuchar aquello.
-¡Ni busques mi ropa interior!- reí de nuevo. Ya estaba en el pasillo por lo que pude ver su reacción.
Rió a carcajadas y se llevo una mano a la frente.
-¡Ay! Dios mío, Paula. ¿Tú… tú.. tú..? Estás tontísima.- volvió a reir, le saqué la lengua a modo de burla y me dirigí al salón.
-Cuando quieras, eh…- reí.
-Ya termino, solo quería ver los discos.- salió de mi habitación.
-¿Nos vamos?- dije dirigiéndome hacia mi habitación, esta vez para coger una fina chaqueta de abrigo.
-Si quieres, supongo que si, ¿no?- rió.
Hice un gesto de que fuera hasta la puerta mientras yo llamaba a mi perra para que hiciese lo mismo.
Nos acercamos hasta la entrada, abrí y en ese momento, de nuevo, sonó el teléfono.
-¿Me disculpas? Será un momento.- asintió y fui veloz hasta el teléfono.
Era una voz grave, de señor mayor. Aparentaba mucha seriedad, aunque apenas pude escuchar nada pues Martha y Lola jugaban y sus uñas hacían ruido contra el parquet al jugar.
-¿Perdón? ¿Que mi madre le ha pasado qué?


[Nota; ya lo repetí en algún otro capítulo, pero informo otra vez para no crear malentendidos. Como ya veis algunas fechas no encajan a la perfección. Ringo no formaba parte de The Beatles aún, ni Paul tenía muchísimo menos a Martha, o cosas así en 1961. Perdonad, pero de alguna manera tengo que sacar el nudo de la historia. Así que si os perdéis o algo, comentad e intentaré explicároslo, aunque no creo que tenga mayor complicación. Poco a poco espero que empiecen cuadrando las fechas. Perdón de nuevo.]

sábado, 7 de septiembre de 2013

Capítulo 18.

Después de aquello, automáticamente rodeamos a Inés en el sillón.
-Inés, ¿qué ha pasado?
Levantó levemente la cabeza y miró a Paul. No dijo nada, pero al parecer él entendió que le entregara el periódico para entender algo.
Era el periódico del día anterior, al parecer le había encontrado en el bar escocés y se interesó por él.
Era un número del Square Mile Times, tenías que pasar varias páginas hasta llegar al apartado que le 'interesaba' a Inés.
Al parecer era una noticia internacional.
Era 1961, desgraciadamente en España, estaban en pleno gobierno, o dictadura franquista.
El periódico, después de pasar por la "censura" informaba de que un grupo de jóvenes habían sido arrestados por colocar varias banderas de la II República Española por toda la Gran Vía de la capital del país, Madrid.
Supongo, que por aquel entonces allí, eso no era muy bueno.
Mi padre, como ya dije, era español.
Cuando era más pequeña contaba anécdotas de su familia en España. Si no recuerdo mal, al parecer tenía un tío que era de izquierdas. Desgraciadamente, murió en plena Guerra Civil, hasta donde yo sé, únicamente por ser "rojo".
Al leer la noticia esa pequeña historia me vino a la cabeza. 
A mi tío lo asesinaron por sus ideales, a los chicos protagonistas de la noticia no quería ni imaginármelo.
Miré a Ine, puse mi mano en sus rodillas.
-¿Quiénes son ellos?
Señaló a una de las chicas que aparecían en la foto adjuntada. 
-Mi hermana, estudiaba Bellas Artes en España...- tartamudeó. Tenía la voz rota y los ojos hinchados.
En ese momento debí ponerme pálida, el corazón se me paró unos segundos.
Eso no era bueno, nada bueno.
Todos intentaron animarla, yo no pude.
Me senté en el otro sofá y leí una y otra vez la noticia.
Mi padre huyó a España después de abandonarnos a mí y a mi madre. Demasiados recuerdos comenzaron a atormentar mi mente.
Pasaron las horas, continuaba sentada en el sofá, en la misma posición. 
Sentía curiosidad por saber de mi padre. Podría ser el mayor cabrón del planeta. Pero también tenía familia en España, a la cual nunca conocí.

Ni me inmuté hasta que los chicos me llamaron la atención para cenar. La cena fue rápida y sin apenas conversación. Nadie abrió la boca. 
Ringo tenía que volver a Liverpool, así que el escaso diálogo fue para despedirnos y felicitarle por última vez su veintiún cumpleaños.
Igualmente todo el resto de la noche. Todos sentados en el pequeño sofá, con la televisión baja y el fuego de la chimenea alumbrando la habitación mientras el silencio se rompía a menudo por el peculiar sonido de las ascuas.
Poco a poco cada uno se fue yendo a dormir, Neus estaba preocupada. Supongo que añoraría a su pequeño bebé, al cual habían dejado con la tía de John allí en Liverpool.
George tan tímido como siempre, no dijo palabra. Y John y Paul intentaban alegrar un poco el ambiente, aunque sin gran resultado.
Las horas fueron pasando lentas y melancólicas. ¿Quién iba a poder hacer cualquier muestra de alegría después de aquello? Era todo muy extraño, una situación difícil.
De lo poco que conocía a Inés sabía que era fácil herirla, por lo que cualquier palabra podía hacerle daño. 
Poco a poco el reloj iba avanzando, y cada uno de los chicos se fue metiendo en sus respectivas habitaciones. Inés permaneció allí, con la mirada perdida en la televisión a la que poco quedaba para que finalizase la retransmisión diaria. Complentamente pálida. Temblaba levemente, imagino que estaría destemplaba, pero se negaba a abrigarse con una fina manta.
Efectivamente, poco tardó la pantalla de la televisión en mostrar esa "niebla" que aparece cuando pierdes la señal, y emitiendo un sonido muy molesto parecido al de una radio mal sintonizada. La miré de reojo, seguía sin inmutarse que aquello que estaba mirando no pretendía aportarle nada. Me levante suavemente y apagué la televisión.
Ahí sí, cerró los ojos y revolvió levemente la cabeza. Me acerqué timidamente al sillón más próximo.
Mantenía la mirada fija en ella con la esperanza de que reaccionara. Por fin dirigió sus ojos hacia mí y cogió aire.
-Tengo que ir a España...-murmuró entre dientes. Había demasiado silencio en aquella habitación, por lo que la entendí con exactitud.
-¿Qué? Es broma, ¿no?- negó con la cabeza y yo proseguí.- No puedes hacer eso, ya has visto como están allí las cosas.
Me miró con lágrimas apunto de caer por sus mejillas y la voz, igualmente, temblorosa.
-¿Crees que voy a dejar pasar el tema como si nada? Es mi hermana, se que está allí, detenida. Con ese gobierno no me puedo quedar de brazos cruzados. Seré la pequeña, pero por eso mismo ella siempre me ayudó cuando lo necesitaba. No puedo quedarme aquí.
Se levantó del asiento, la cogí de la muñeca y la volví a sentar de un tirón.
-¿Y qué piensas? ¿Ir ahora? ¿Estás loca? Es imposible.
Resopló y se levantó de nuevo.
-¿Estás tonta? Sé que no puedo ir así como así. Pero tengo que ir, es lo único que sé. Imagínate que... No sé, le pasa a tu padre, ¿no irías?
Esas palabras me rompieron por dentro. Bajé la cabeza y asentí levemente.
-Tranquila, es comprensible, te entiendo.
-Menos mal. Ahora, ¿puedo ir a por una tila? Tengo que intentar relajarme.- dijo irónica.
La miré con una tímida sonrisa y asentí disimulando una pequeña sonrisa.
Zanjamos ese tema, y cogí de nuevo el piano que Paul había apoyado sobre la mesa central del salón antes de que pasara todo.
Me tumbé con él encima e intenté recordar las notas que me dijo. Entre nota y nota pulsada al azar una idea inundó mi cabeza.
Me incorporé de nuevo y zarandeé a mi compañera del hombro mientras ella soplaba levemente la humeante taza de tila que aparentaba estar ardiendo.
-¿Sabes qué?
Me miro sorprendida mientras pegaba un pequeño trago.
-Obviamente no, ¿qué?
Pensé por dos segundos la respuesta y bajé un momento la mirada, aunque rápidamente volví a subirla.
-Bueno... Es muy arriesgado por mi parte, pero... ¿Por qué no vamos a España? Ya sabes, dentro de unos días los chicos marchan a Alemania.
Abrió los ojos enormemente, parecía que se le iban a salir de sus órbitas en cualquier momento.
-¿Qué? Paula, si es broma no tiene ninguna gracia...
Negué con la cabeza y comencé a explicar.
-No, no. Bueno, supongo que si hablara con mi madre lo comprendería. La verdad es que tengo muchas razones por las que querer visitar España, aunque un contra es superior a todos los demás.- solté una pequeña risilla, en el fondo me parecía irónico. 
Inés tartamudeo unos segundos sin saber que decir.
-Realmente no sé que decir. Yo voy a ir, lo sé, apenas tardaré unos días en partir hacia España. Pero si cuento contigo es realmente un apoyo.
Estiré el meñique a modo de promesa con una gran sonrisa en la cara.
-Prometo hacer todo lo que esté en mi mano para conseguirlo.
Ella cerró la promesa, sonrió y me abrazó.
-Muchas gracias, no sabes lo mucho que necesito todo esto.
-No las des, por favor. Créeme, te entiendo más de lo que puedes imaginar.
Mostró media sonrisa. Al parecer no supo que responder a aquello y simplemente se tumbó en el sofá hasta terminarse su caliente tila y poco a poco acabar cayendo dormida.
Aunque ya eran las cinco de la mañana, yo seguí ahí intentando sacar las notas, y mi compañera apenas se inmutaba.
Presionaba una tecla con el dedo índice, y luego la de su derecha con el corazón.
Lo hice muchas veces hasta que esas dos notas principales me recordaran a algo,  y aunque no conseguí absolutamente nada, seguí intentándolo inútilmente. Una tras otra.
Las horas seguían pasando, el secundero del reloj avanzaba junto al minutero mientras yo permanecía con los talones de los pies apoyados en la mesa y recostada en el sillón.
Cerca de las siete de la mañana ya no era momento de ir ya a dormir, es más, poco les quedaría a los demás para levantarse.
Hoy era nuestro último día en la ciudad de Londres, hoy terminaríamos de volver a recoger todo para mañana repetir el viaje de vuelta.
John no iba a ser el último en planearlo. Ya lo tenía todo pensado. Hoy levantarse, hacer "vida normal" y preparar las maletas, aunque dejásemos fuera lo poco que necesitaríamos para la noche y la mañana después. Y después de comer -para variar- salir, y cuando cayera el Sol dejar un "buen recuerdo", como él decía.
Claro, eso a McCartney no le hizo mucha gracia, a él le tocaría conducir. Aunque tampoco negó sus muchas ganas de fiesta.
La luz mañanera no tardó en asomarse entre las cortinas del salón, alumbrando de lleno la cara de Inés, que continuaba durmiendo plácidamente.
Acurrucó la cabeza esconciendo la mitad de la cara debajo de la manta, que al final de la noche había cedido a cogerla y poco a poco abrió los ojos.
-Buenos días- dijo suavemente con los ojos entre abiertos.
-Para mí todavía no han sido ni "buenas noches".-reí 
-¿Eh?-dijo mientras bostezaba y se frotaba los párpados con las yemas del dedo índice.- ¿No has dormido nada todavía?
Negué con la cabeza soltando una leve risa.
-Pues estás tonta, -prosiguió- con lo agustito que se está durmiendo.- rió por lo bajo.
-Nah, así me duermo en el viaje.- reí.
Se levantó rápidamente del sofá y me miró asesinamente riendo.
-¡Ni se te ocurra! George, Neus y yo no pensamos soportar un peso muerto.- rió más- Te prometo que si te duermes sales por la ventana.
-Bueno, chiquilla, encargaros vosotros de mantenerme despierta, porque si no...- reí.
En ese momento uno de los picaportes de las habitaciones sonó.
Paul y su pijama azul claro de rayas se asomaron por la habitación, practicamente a la par que Neus.
Ambos andaron torpemente hasta la cocina, aunque Paul se detuvo un instante en la puerta del salón.
-Has estado con el piano toda la noche, ¿no?
Reí y silbé irónicamente apartando la mirada.
-Ah... No. ¿Por qué piensas eso? Que tenga el piano encima a las siete de la mañana con unas grandes ojeras no significa que no haya dormido nada...- volví a reír.
Se llevó la mano a la frente riendo y siguió hasta la cocina, donde Neus ya estaba preparando el café y el otro comenzó a buscar algo para comer.
Fue gracioso, Paul me trajo el café hasta el sofá. Y éste, en vez de despertarme -típico efecto de la cafeína-, con el calor que subía de la pequeña taza me adormiló.
Así se me cayeron los párpados y descansé ahí hasta que alguno de los presentes fuera capaz de despertarme.
No sé el tiempo que pasaría dormida en ese viejo sillón, pero poco tarde en sentir un leve peso sobre mi cabeza y frío contra mi mejilla.
Abrí levemente los ojos. Oh, John y sus bromas, para variar. 
Me puso un cojín sobre la cabeza, y con varios cubitos de hielo me repartió frío por toda la cara.
Me desperté sobresaltada y rápidamente me giré hacia él.
-¡John!
Rió y dejó caer uno de los hielos dentro de mi camiseta. Ahí me levanté dejando caer el cubito al suelo, se apartó de mí rápidamente y fui detrás. 
-¡Capullo! ¡Eres un capullo!- gritaba mientras le daba golpes en el brazo riendo casi a carcajadas.
-Sí, pero en el fondo todos me queréis.- posó como una chica riendo.
-Ya, claro... -continué riendo mientras seguía golpeándole, ahora ya más débil.
-¡El que más yo!- intervino Paul sin poder resistir las carcajadas.
-¡Por supuesto, amor mío! Tranquilo, solo te engañaré con ella.- rió John también señalando a Neus.
Para ese momento yo ya me había perdido en la conversación y me limité a intentar ubicarme a que hora del día estábamos.
El reloj marcaba las dos menos cuarto del mediodía, por lo que seguramente me despertarían para empezar a comer.
Para suerte, el ambiente estaba un poco más animado. Inés no estaba perfecta, pero por lo menos ya mostraba sonrisas. Al parecer tenía tan claro su próximo viaje a España que no la preocupaba lo demás. Aunque poco tardó en preguntar.
-¿Cuándo vais a ir a Hamburgo?
Los tres chicos levantaron la cabeza de sus platos de comida al mismo tiempo.
-¿Eh?- intervino Paul.- Sí, nos vamos la próxima semana, aunque no sabemos el tiempo exacto que estaremos allí.
-No creemos que menos de un mes.- añadió John, mientras George, como el pequeño que era y sus malas experiencias en tierras alemanas, únicamente asintió.
Inés sonrió mientras que Neus agachó la cabeza.
Creo que entendía perfectamente la situación. Inés tendría tiempo de sobra para tramar su plan, mientras que Neus estaría días con su futuro marido a miles de kilómetros de distancia.
Todos nos dimos cuenta de aquello, al menos de la parte de Neus, por lo que el silencio volvió a inundar la conversación.
-Bueno, ¿algo especial qué hacer?
-¡Sí!- John se levantó de un salto de la silla sonriente.- Yo tengo que dormir, esta noche quiero aprovecharla, que es la última.- rió.- Tranquila, para ti también.
Guiñó un ojo a Neus,  ésta se ruborizó levemente y poco tardó en recibir un codazo por parte de los demás.
La tarde marchó con normalidad. La tranquilidad que aporta que el nervioso John esté durmiendo casi las veinticuatro horas diarias.
Inés ojeaba una y otra vez el periódico. George y Neus, como personas responsables empezaron a recoger sus maletas, y yo estresaba a Paul pues no conseguía sacar ni una nota con el piano. Me equivocaba en el mismo momento, fuera a la velocidad que fuese.
No sabía si reir o llorar, y en cuanto John salió de su profunda siesta gritó;
-¡Vamonos! ¡Rápido! Ese instrumento va a explotar, lo presiento.- rió a carcajadas.
John esbozó una carcajada.
-¿Ves, Paula? No tienes buena mano para los instrumentos...- siguió riendo.
-Bueno, bueno, no es paséis tampoco eh...- reí.
Paul me despeinó levemente la cabeza.
-Es cierto, pobrecilla. Pero en serio, ese cacharro debe de estar en números rojos.- más risas.
Acabé resoplando y dejando bruscamente el pequeño piano sobre la mesa.
-¡Vale! ¡Ya lo he entendido! No matéis mi ilusión, cabrones.- fingí estar enfadada, aunque no sirvió de nada pues mi cara mostraba una gran sonrisa.
Finalmente, tras mucha insistencia de Paul, acabamos saliendo de la casa antes de lo previsto.
Ahora sí que nos acercamos al mismísimo centro de Londres. Con el Big Ben , los típicos soldados reales de Inglaterra, tan graciosos ellos con su sombrero alto y su vestuario rojo, a los que John no dudó de hacerles varias muecas. Para su grata sorpresa, ninguno de aquellos militares se alteró por la presencia de aquel joven, pues su disciplina militar apenas les permitía moverse, excepto si la situación fuese muy alterada.
Poco a poco fuimos pasando la tarde. Miraba a todos lados, pocas veces había pisado esa enorme capital, y cuando lo hice, apenas me llega la conciencia.
Esta vez pensaba en ellos, al posar la vista en casa calle lo único que pensaba era; "Por mucho que no se lo imaginen, algún día conquistarán esta cuidad. Lo sé, lo siento."
Y de nuevo, esa felicidad apareció. Los miré sonriente mientras cada uno no callaba bromas o insultos cariñosos entre ellos.
Ese pequño grupo al que yo conocí en un pub de Liverpool y tanto me encantaron desde el primer momento estaba ahí, y yo había conseguido congeniar con ellos.
John era el que tenía más esperanzas por aquel sueño, pero ninguno tenía idea de rendirse hasta conseguirlo.
Era una sensación completamente genial, única. Aunque no todo el mundo la comprendiese, ni mucho menos, que los conociese.
Llegó la noche, las ganas de Inés por una noche de juerga eran inexistentes. Una cosa era estar animada, pero otra cosa muy distinta era ir de fiesta.
Apenas bebió una o dos cervezas, y picó algo de la cena. Neus directamente ignoró el alcohol. Y yo apenas pegué unos sorbos. 
Los chicos tampoco "desfasaron" tanto. Lennon tomó unas cuatro cervezas, aunque bajo los efectos de un poco de alcohol podía pasar a ser la persona más odiosa de este planeta. George también tomó un poco de más, y Macca disimuló que más tarde tendría que conducir.
La noche pasó rápida para Inés y para mi, que no nos molestamos gran cosa en unirnos a la diversión. Yo apenas tenía motivos para estar decaída, pero tenía seguro que no pensaba dejarla sola.
De vez en cuando los chicos y Neus salían al exterior del local para comprobar que estábamos bien, hasta que finalmente, nos avisaron que nos íbamos.
Aquella noche sí, caí rendida. Había dormido menos de seis horas aquella mañana, antes de que John interrumpiese. 
Nada más entrar me tiré de frente al sofá, quedando tumbada boca abajo y buscando a ciegas la misma manta de todas las noches.
Ninguno hizo maravillas para irse a dormir. Ya conocíamos en trayecto de Londres a Liverpool y no era nada entretenido. Por lo que no se negaron a meterse en sus camas.
Horas más tarde, imagino que cerca de las ocho desperté la primera. No me molesté en hacerme el desayuno. Mi apetito por las mañanas no era realmente grande, que se dijese.
Así me dispuse a empezar a recoger mi poco equipaje, aunque me costó mucho empezar a hacerlo, pues no quería alejarme de ese lugar.
Por favor, estaba viviendo con tres de los cuatro chicos que me habían devuelto la esperanza en el sexo masculino después de la decepción paterna, y con otras dos chicas que inspiraban confianza. ¿Acaso se podía pedir más? No, al menos por mi parte.
Mientras hacía mi tarea un horrible sonido metálico sonó en toda la casa.
Gracioso, alguien había colocado un despertador en medio del pasillo con la alarma a las nueve de la mañana para que todos despertasen.
Y así fue, todos se incorporaron al pasillo diciendo cosas poco bonitas de escuchar del despertador.
Por lo demás todo marchó igual. A las once tendríamos que salir de allí dejando la casa rural libre.
Paul, John, Ines y yo continuamos con nuestras maletas  con prisas mientras que nos otros dos se reían de nosotros viendo la televisión, pues ellos acabaron su trabajo anteriormente.
Salimos con un poco de retraso, y con prisas entramos al coche.
Adiós Londres, hola Liverpool. Otra vez.
Viaje largo y costoso, además con cortos e inútiles temas de conversación, en el cual los pasajeros de la fila de atrás consiguieron mantenerme con los ojos abiertos sin dormir, a base de collejas y demás tácticas dolorosas, a las que respondía con una leve risa y un pequeño síntoma de mosqueo.
Finalmente llegamos a nuestro pequeño pueblo. Todos estábamos muy cansados, por lo que no tardamos en despedirnos y quedar lo más pronto posible antes de que partieran a Alemania.
Inés no hizo ningún comentario respecto a eso, y se limitó a lanzarme disimuladas sonrisas que entendía perfectamente. Asentía cada vez que veía una, no le aseguré nada aunque prometí que lo intentaría.
Comencé el camino hacia mi casa. Llegué a la puerta número 16, la mía. Saqué las llaves de un pequeño bolso de viaje que traía en la mano y me dispuse a introducirlas en el cerrojo de la puerta. 
Resoplé antes de abrir, sabría la infinidad de preguntas que me esperarían después de aquel gesto. Pero abrí.
Poco tardó en mi madre en asomarse al pasillo para saludarme con una gran sonrisa, aunque no tardó en regañarme de nuevo por mi intento de fuga, cosa que me traía risa.
Empezó a preguntar, para sorpresa mía, aunque yo tenía la mente en otro sitio. Respondía con pocas palabras, respuestas cortas que muchas veces no encajaban a la perfección con la pregunta. Por fin la interrumpí, cogí aire, cerré los ojos y, a continuación, la miré fijamente, con mi mirada más sincera.
-Mamá, quiero viajar a España.
-¡¿Qué quieres hacer qué?!