El corazón se me detuvo, se me secó la
garganta y era incapaz de responder a aquel hombre de voz grabe que permanecía
al otro lado del teléfono informándome de lo ocurrido.
Tragué saliva. Nada. No conseguí que las palabras saliesen
de mi boca.
El señor dio por
finalizada la información.
Asentí para mí
con los ojos enrojecidos, y con la voz rota le agradecí el aviso.
Colgué con la
mirada perdida, de nuevo, intente tragar saliva.
Me giré hacia la
puerta, Paul se había a acercado hasta allí al oir mi grito.
Mostraba empatía
con la mirada, lentamente levanté los ojos hasta cruzarme con los suyos.
-¿Qué ha pasado?
¿Es tu madre?- dijo lentamente, sin apenas encontrar las palabras correctas.
Aparté de nuevo
la mirada y empecé a contarle lo sucedido tartamudeando.
-Un… un hijo de
puta la ha atracado… y…- resoplé- cayó al suelo. Al darse un fuerte golpe en la
nuca quedó inconsciente.
Negué con la
cabeza y cerré los ojos. Apreté los labios, rápidamente recogí las llaves que
había lanzado en la mesa del comedor al ir a descolgar el teléfono. Me apresuré
a la puerta de salida.
-¿Qué? ¿Y dónde
está?- me siguió Paul por el pasillo mientras escquivaba a mi perra que andaba
de un lado a otro desorientada.
-En el hospital,
alguien debió de avisar a urgencias al ver la escena.- salí de casa mientras
hacía una señal a mi perra para que se fuera al salón. Obedeció.
-Perdóname por no
poder acompañarte, tengo que acercarme a verla.- proseguí.
Él salió detrás
de mí mientras Martha le seguía con prisas.
-¿Bromeas? Ni
pienses en disculparte por eso, es más, te acompañaré.
Cerré la puerta
con fuerza y comencé a andar.
Otro cigarro.
¿Otro? Paula,
habías dejado de fumar, joder.
Fue inútil, poco
tarde en darle la primera calada.
-No hace falta
que hagas nada, Paul. Muchas gracias…- mostré media sonrisa forzada- Tú…
Vosotros ocuparos de detener a Inés.- seguí andando, caminaba a mi lado
rápidamente.
-¿Por qué? ¿Qué
va a hacer Inés?
-No, nada.
Distraedla, que no piense en su hermana, ya sabes. Montad una fiesta, o algo,
se os da bien.- no molesté demasiado en explicarle nada más. Tampoco es que
pudiese. Inés sabía perfectamente que la detendrían.
-Claro, montamos
una fiesta y tú en el hospital. Ni lo sueñes.
Dí otra calada,
esta vez más grande, y tragué el humo.
-De verdad,
muchas gracias, en serio. Pero es más importante ella.- me dio una colleja.
-Mi casa pilla de
camino, dijo a Martha y pienso acompañarte. Si crees que te dejaré sola vas
lista, entiendo perfectamente tu situación.- se rascó el pelo con un poco de
nervios.
-¿A qué te refieres?-
le miré extrañada.
-Bueno, mi
madre…- suspiró- murió de cáncer cuando yo apenas tenía quince años.
Me detuve en
seco. Levanté la mirada hacia él que antes estaba perdida mirando a un suelo.
¿Qué podía decir yo ahora? Un leve “ay” salió de mi boca y le abracé.
-No… No sabía
nada. Lo siento muchísimo.- apoyé mi frente en su hombro y me devolvió el
abrazo.
-Sí, bueno, no
recordemos aquello. Ya es pasado…- mostró media sonrisa tímida y me giró del
hombro para que siguiéramos andando.
Mi cigarro ya se
estaba acabando, y mis nervios no habían disminuido. Perfecto.
Después de eso
último no hubo demasiada conversación. Supongo que él entraría en un mundo de
recuerdos, mientras a mí se me pasaban por la cabeza cosas sin pies ni cabeza
que le pudieran pasar a mi madre. La mente humana es muy poderosa, al menos eso
dicen.
Finalmente
llegamos a la puerta de McCartney. Sacó las llaves de un bolsillo interior de
su chaqueta de cuero negra y llamó a Martha.
-Salgó en medio
minuto, más te vale que no te vayas sin mí.- se dirigió a su casa sin decir
más. Resoplé sin decir nada más, a modo de afirmación.
No quería que se
molestase en acompañarme, aunque en el fondo sabía que lo iba a necesitar.
Empecé a golpear
el suelo que el tacón derecho de la zapatilla nerviosa. También me mordí las
uñas. ¿Por qué me tuve que dejar el tabaco en casa?
Poco después
salió Paul cerrando la puerta con llave, no se molestó en andar hasta donde yo
le dejé y siguió avanzando hasta que nos encontramos de nuevo más adelante.
No quedaba mucho
para llegar al hospital, por lo que la conversación tampoco fue muy abundante.
Llegamos.
Rapidamente me acerqué hasta la puerta de urgencias.
Caras pálidas y
tristes abundaban en la sala de espera, mientras que otras sonreían y
desprendían alegría. Imagino que algunos habrían perdido a algún familiar
querido, aunque otros tendrían a un pequeño nuevo en la familia.
En aquellos
sitios se podía encontrar las dos caras opuestas de la vida. Y era realmente
estremecedor.
Pregunté al
primer señor con bata blanca que se me cruzó en aquella pequeña sala.
Rapidamente me dirigió a una habitación.
Giré la cabeza,
Paul hizo un gesto de que me esperaría en alguno de los asientos hasta que
saliera con noticias. Mostré media sonrisa de agradecimiento y de nuevo seguí
al enfermero.
Finalmente colocó
la mano en uno de los picaportes de una puerta de un largo pasillo pintado de
tonos claros y poco iluminado. Me acompañó dentro, ahí permanecía mi madre.
Estaba tumbada en
una camilla con una fina sábana que habían colocado sobre ella.
Aquel enfermero
ojeó un poco por encima pasando varias páginas un portapapeles en el que
debería de tener anotado el estado de todos los pacientes.
-Parece un simple
desmayó, con suerte no tardará en despertarse, aunque habrá que esperar algunas
pruebas.
Asentí y me senté
en un sillón que se encontraba al lado de la camilla.
El señor me
explicó como podría pasar la noche allí, cuando trairían el resultado de todas
las pruebas y poco más, después se despidió y cerró la puerta. Le dí las
gracias y miré a mi madre.
Parecía dormida,
pero demasiada calma. Solo era un simple desmayo. Paula, tranquilízate, no
pasará nada. ¿Qué tendría que pasar?
Cogí aire, bajé
la mirada y apoyé mi mano sobre la suya. Estaba fría. Después de un desmayo
disminuye mucho la presión arterial. Era algo común. ¡Paula, que te
tranquilices, joder!
Ahí tuve un
flashback. Levanté la mirada, aunque permanecí con ella al infinito.
Todos los
recuerdos vinieron a mi cabeza. De infancia, y adolescencia. Pero sobretodo,
aquel día. Ese asqueroso día que descubrí la verdadera pasta de la que mi padré
estaba hecho.
Me ví a mí, con
apenas cinco años, persiguiendo a mis padres por la casa para que dejasen de
discutir, por lo menos delante mío.
“-¡Dejad de
gritar, por favor!”
Él la había
empujado hasta la habitación, cogió su bolso y empezó a revolver dentro de mi
bolso. Mi madre puso resistencia, agarró su bolso por el otro extremó y lo
forzó.
Ahí, esa imagen
que no sale de mi retina. Mi padre levantó la mano y le dio un puñetazo
haciéndola caer sobre la cama.
“-¡Mamá!”
Lloraba. Lloraba
yo, lloraba ella. Mi padre sacó una maleta de la nada, al menos de un sitio
desde el que yo no la divisaba. Finalmente cogió la cartera de mi madre, metió
la mano y sacó todo el dinero. Lo introdujo en su bolsillo, y de ahí sacó sus
llaves, que a continuación lazó también contra mi madre. Y salió de casa dando
un portazo, sin decir nada más. Ni una palabra.
Volví en mí.
Revolví la cabeza y parpadeé varias veces, seguía en la habitación, con mi mano
puesta sobre la suya, pequeñas lágrimas se acumularon en mis parpados.
Inspiré aire y
tragué saliva. Para colmo de mares había discutido con ella.
Miré sus ojos,
aún permanecían cerrados aunque su respiración parecía ser normal, a pesar de
necesitar máquina de oxígeno.
Al fin me eché
para atrás apoyando la nuca en el respaldo del sillón, no separé mi mano de
ella y cerré los ojos. Respiré profundamente varias veces, intentando dejar mi
mente en blanco, no dio gran resultado y mis lágrimas cada vez eran más
abundantes.
De nuevo abrí los
ojos, miré al techo. Recé todo lo que sabía, a pesar de mi poca creencia
religiosa. Tampoco me limité en maldecir a mi padre una y otra vez.
¡Mierda! ¡Paul!
Estaba esperando mi regreso, esperaba no haberle hecho esperar demasiado. Me
levanté y me dirigí a la puerta, antes de salir miré de nuevo hacia la camilla.
Seguía inmóvil.
Suspiré.
Paciencia. Finalmente salí de aquella habitación y me dirigí a la sala de
espera.
No tardé
demasiado en divisarle. Parece que el tampoco a mí. Destacaba entre todos esos
personajes. Él llevaba su tupé, su chupa de cuero, sus pantalones negros, sus
botines. Su tomborileo constante con los dedos en el reposabrazos del asiento.
Y su juventud. No había muchos que bajasen de los treinta años de edad, y él ni
llegaba a los veinte. Destacaba.
Rapidamenté se
levantó y se dirigió hacia a mí ocn media sonrisa. Respondí igual.
-¿Y bien?
-Parece que no
tardará en mejorar, al menos eso dicen…
-¿Necesitas algo?
Si quieres me quedo.
Sonreí y negué
con la cabeza.
-No, muchísimas
gracias. Ya hiciste bastante.
-¿De verdad?
Simplemente
asentí.
-Bueno, si lo
necesitas avísame eh, ya sabes.- mostró su mejor sonrisa.
Le devolví la
sonrisa y le despedí.
-Muchas gracias,
en serio, Paul. Espero que todo pase rápido. Adiós.- me dirigí de nuevo a la
habitación sonriente.
-¡Eh!- me giré-
¡Todo saldrá bien, lo sabes!- sonrió y guiñó un ojo mientras se dirigía a la
puerta de salida. Reí levemente y seguí mi camino.
Entré en la
habitación, cerré por dentro apoyando la espalda contra la puerta. Solté aire.
Después de esta semana no volvería a verles en meses. Incluso puede que para
cuando regresasen ni se acordarán de mí. Y España, Inés.
Revolví la
cabeza, miré de nuevo a la cama. Sin noticias nuevas. No era momento de pensar
en aquello, mi madre estaba ahí, inconsciente, y pocas cosas aparte de esa
importaban.
Pero Inés se
encontraba en la misma situación. Y yo tenía una promesa que cumplir.
Ya había empezado
a amanecer hace un rato, el sol se encondía entre las lejanas casas de
Liverpool y daba un tono anaranjado a la habitación. Una noche que me tocaba
pasar entre esas cuatro paredes.
Se acercaban las
ocho de la noche. Entro una enfermera, con la misma bata blanca que el señor de
antes. Traía una pequeña bandeja con comida.
-Esperábamos que
se hubiese despertado ya.- la miré y negué con la cabeza. Prosiguió.- en tal
caso, las pruebas no han mostrado ningún desorden, así que no debería haber
ningún problema.- sonrío y dejó una manzana verde sobre la mesilla que estaba
al lado de la camilla.
-¿La necesitará?-
pregunté extrañada.
-No sabemos, por
si despierta y tiene hambre. Esto le vendrá bien.- de nuevo sonrió y se acercó
a la puerta.
-Muchas gracias.-
sonreí y la señora salió por la puerta.
Suspiré, por lo
menos ya tenía unas pocas más esperanzas. Además sus manos tenían mayor
temperatura. Sonreí para mí y apoyé mi frente sobre un lado de la cama. ¿Inés
sabría algo de esto? No creo. Dificilmente tendría noticias últimamente de esa
muchacha. Tenía la esperanza de que alguno de los chicos hiciese algo para
retenerla durante unos días más, hasta que partiertamos juntas a España, pero
eso tampoco la beneficiaría a ella. Ni a su hermana.
“¡Bufff!”
Necesitaba dormir, pero sería difícil conciliar el sueño. Me recosté en el
sillón y cerré los ojos. Por lo menos, si no dormía, por lo menos descansaba la
mente.
Al menos eso
esperaba.Tenía un pequeño salvavidas.
Londres. Sí,
Londres. Buenos recuerdos. ¿Y mi piano? ¿Dónde había dejado mi piano? Ah, si.
Estaba sobre la cama, apartado a un lado para cuando McCartney entró. Me
entraron ganas de aprender a tocar un poco más aquel pequeño instrumento, pero
ahí iba a ser un poco difícil.
¿Y la armónica de
John? No la volvío a tocar desde que la tomó prestada al vendedor ambulante que
poco tardó en perseguirnos. Reí. Sí, aquel fue un día genial. Hasta la noche.
Esa noche Inés se enteró de la noticia.
¿No existía
ningún botón para retroceder en el tiempo para evitar cosas malas y repetir las
buenas? No, pero debería de haberlo.
Más recuerdos,
más sonrisas que quedaron enceradas en aquella habitación. Más felicidad que
aquellos cuatro chicos no se imaginaban que podían dar.
Pasó el tiempo,
perdí la noción de él. Permanecía con los ojos cerrados, y creo que una leve
sonrisa pintada en mi rostro.
Noté como unos
dedos deslizaban por mis mejillas y terminaban detrás de mi oreja. Alguien me
acaba de retirar el pelo de la cara. Pero, ¿quién?
Abrí los ojos
pesadamente, me había quedado dormida en aquel sillón. Tardé un poco en enfocar
mi vista, pero no demasiado como para destinguir un cabello no muy largo, de
color castaño con toques rubios.
Sonreí, sonreí
ampliamente.
-¡Has
despertado!- me lancé a sus brazos. No solo se había despertado, si no que
estaba de pie, delante de mí.
-¡Ay! Si, hace
nada.- sonrió- Te ví aquí al lado y se me pasaron todos los males.- reí
levemente y ella se rascó la nuca, la detuve.
-Quieta. Te has
golpeado la cabeza.
-Imaginaba,
siento martillazos dentro del cráneo… - parpadeó varias veces. Le cogí de los
hombros y recosté sobre la cama.
-Duérmete, te
verdrá bien.
-Creo que ya he
dormido demasiado en las últimas horas.- rió levemente.
-Ya veo que estás
perfectamente, -sonreí- pero yo tengo sueño, así que…
-Bueno… Buenas
noches.- me lanzó un gracioso beso. Reí y me acosté de nuevo.
Ahora sí que sonreía
y ampliamente. Un peso menos que tenía encima, y esos kilos de menos me
permitieron volver a conciliar el sueño.
No llegué a dormirme por completo, a menudo me
despertaba y me volvía a dormir poco minutos después. Despertaba, dormía,
despertaba, dormía. Sucesivamente toda la noche.
Oí unos golpes
entre sueños, ese ruido me despertó. Poco a poco fui abriendo los ojos. La
habitación ya estaba iluminada por la luz que asomaba por la ventana.
Miré a todo
desorientada, me froté los ojos y finalemente me ubiqué.El reloj marcaba las
ocho y media de la mañana.
Mi madre estaba
recostada en la cama, tenía la espalda apoyada contra la pared con un cojín y
las piernas estiradas. Permanecía con una pequeña radio que dejaban en cada
habitación para que la estancia de los pacientes no fuera tan insoportable.
-Buenos días-
sonrió, aparentaba estar ya en perfecto estado.
-¿Eh? Ah, bue…-
la puerta se abrió poco a poco hasta que una cabecilla se asomó por ella, al
pared esos golpes no los había soñado.
Ambas dirijimos
nuestra mirada hacia allí, no tardé en reconocerlo.
Me levanté casi
de un salto y me dirigí hacia él.
-¡Paul!________________________________
Buenos días, tardes, noches, queridos lectores. Ya tenéis un capítulo nuevo de esta novelita.
Pasad, leed, comentad, disfrutad, y si no, criticad. Ya sabéis que toda crítica sirve para mejorar.
Intentaré escribir estos días, a pesar de que me será un tanto difícil por el inicio de curso.
Haré lo que pueda. En tal caso, perdonad.
Y de nuevo; ¡Espero que os guste!
Paula McCartney.