lunes, 4 de noviembre de 2013

Capítulo 21.

Me acerqué sonriente a la puerta, allí asomaba la cabeza de Paul respondiendo con la misma sonrisa. Miré hacia atrás.
-Un momento.- dije a mi madre.
Salí fuera, ahí estaba él.
-Buenos días,- sonrió- ya veo que todo está perfectamente.
Asentí.
-Sí, al parecer solo fue un susto tonto, imagino que en poco le darán el alta.
-Oh, genial. Bueno, yo te he traído un donut para desayunar.- rió.
-¿En serio?- sonreí ampliamente- ¡Gracias! Realmente me muero de hambre, llevo demasiadas horas sin comer.
-No iba a ser menos, aunque es poco.- me lo entregó en la mano.
-En serio, muchas gracias, Paul.
-No las des. Por cierto, ¿sabes algo de Inés? No tenemos noticias de ella desde que llegamos de Londres aunque fue ayer.- rió levemente.
Pensé unos segundos la respuesta, otra mentira más.
-No, la verdad es que no sé nada.- negué con la cabeza. En ese momento una enfermera pasó por el pasillo ordenando silencio.
-Bueno, cuando puedas avisa.- sonrió- Me voy ya, dale recuerdos a tu madre. ¡Adiós!
-Gracias, adiós.
Se dió la media vuelta y comenzó a andar en sentido contrario por aquel largo pasillo. Yo entré de nuevo en la habitación, donde mi madre esperaba atentamente.
-¿Quién era?- dijo con un tono un tanto pícaro.
-Paul.- mordí el “desayuno”.
-Ah, ¿te dió eso?- dijo mientras me quitaba un pequeño trozo y se lo metía en la boca.
-Si, ¿ves como no son mala influecia?- apenas la mire.
-Es guapillo.- respondió con indiferencia.
Resoplé.
-¿Ya empezamos? Mamá, por favor…
-¿Qué? ¿Acaso no puedo opinar?- rió suavemente mientras masticaba el trozo de donut.
-No.- respondí en seco- Te conozco, sé por donde van los tiros.
-Ya… -rió- eres una paranoica.
-¿Yo? –reí- Bueno, no dire nada…
No respondió a aquello. Cogió la pequeña radio en brazos y empezó a hacer zapping. Acabó dejando una emisora de noticias, aunque no estuve muy pendiente de aquello.
Yo tenía que seguir planteando qué hacer con Inés. Me encontraba en una calle sin salida.
¿Iba? Mi madre me mataría. Acaba de tener un accidente, no soportaría que la dejase sola.
No, no iba. ¿E Inés? Una promesa es una promesa, Paula.
¿Y los chicos? No, si supieran que tengo algo que ver con su fuga a España no sabrían que pensar.
La situación era complicada. No era un callejón sin salida, era un laberinto.
¿A dónde ir? ¿Qué pensar? ¿Qué hacer?
Demasiadas preguntas y demasiados nudos. Dicen que hay siempre más soluciones que problemas. ¡¿Pues dónde están!?
Yo no encontraba ninguno, me estaba estresando.
Resoplé en aquel silencio que había entre mi madre y yo, solo se oía la radio con unas cuantas interferencias.
-¿Pasa algo?- preguntó extrañada.
-No, no. Nada, solo que me estoy adormilando aquí de esperar.
-Bueno, no sé cuando vendrá algún enfermero, pero yo también quiero irme ya. ¡Si solo fue una tontería!
-Una tontería que te dejó inconsciente, mama.- la miré.
-Que estoy bien…
En ese momento entró otro enfermero, este aparentaba ser más agradable y cercano que los que vimos anteriormente.
-¿Es usted Diana Feldman?
Ella asintió y este prosiguió.
-Bien, le informaba de que le damos el alta médica. No parece tener nada grave por lo que puede volver a la normalidad inmediatamente.
-¿Ves?- dijo mi madre por lo bajo a modo de pique dirigiéndose hacia mí.
-Si lo desea ya mismo puede ir recogiendo sus cosas.
-Vale, muchas gracias, buen hombre.- asintió con una sonrisa.
El hombre hizo una leve reverencia y salió fuera de la habitación.
Mi madre se incorporó de la camilla y me miró girando la cabeza, pues me encontraba detrás de ella.
-¿Pasa algo? Nos podemos ir ya.
-Sí, sí, vamos. Prepárate y eso.- dije mientras revolvía la cabeza levemente para mí.
Empezó a buscar sus cosas por la habitación mientras yo entraba al cuarto de baño para refrescarme.
Pasó un rato y yo seguía ahí dentro, ella llamó.
-¿Se puede?- dijo timidamente.
-Claro, perdón. Me entretuve.- reí y pasó dentro.
Empecé a recoger un poco por encima la habitación. Busqué mi llave y el resto del poco equipaje que llevaba encima. Mi madre tampoco tenía gran cosa encima, pues el bolso le perdió a la fuerza antes de ser ingresada y a parte de la ropa no debería de haber nada más.
Ambas rezabamos porque una persona con cabeza encontrara algo y le devolviese sus pertenencias a mi madre.
El reloj avanzó más o menos una hora hasta que el mismo enfermero vino a asegurar el alta.
Finalmente salimos del hospital, no faltaba gran cosa para la hora de la comida.
Miré mi cartera, cincuenta libras.
-¿Quieres ir a comer algo?- la miré sonriente- Para invitarte a algo tengo.- la enseñé el interior del monedero.
-Oh, claro. Pero tenemos comida en casa, Paula.- rió.
-Ya, pero no tendrás muchas ganas de cocinar y yo no conozco demasiadas recetas.- me encogí de hombros.
-Bueno, vamos…- aceptó y señaló uno de los bares que se encontraban al final de aquella calle.
Entramos dentro, yo me acerqué a la barra mientras mi madre escogía una de las pequeñas mesas acompañadas de dos sillas. Una camarera alta y sonriente, se acercó a preguntarme qué quería.
-¿Qué deseas, pequeña? ¿Algo de comer?
Mostré una forzada sonrisa, si algo odiaba era que me llamasen pequeña.
-Sí, una tortilla francesa y algún pescado, el que desees, pero no muy fuerte.- ni fuerte, ni caro. Mi madre no tendría el estómago en perfectas condiciones nada más salir del hospital, pero mi cartera tampoco rebosaba de dinero. La señora asintió y pegó un post-it a una ventanilla que debería de llevar a la cocina.
Me volví hacia mi madre, estaba sentada en la silla que daba de frente a la televisión, donde emitían un programa de juegos de azar, al que tampoco prestaba demasiada atención.
-Ya está, -dije mientras apoyaba los codos sobre la mesa- imagino que no tardarán en traerte la comida.
-¿Traerme?- dijo extraña- ¿y tú?
Reí irónicamente y saque la cartera mostrándole el billetero.
-Picaré un poco de pan si tal, o si no me preparo algo en casa.
-Estás tonta, eh. Tienes que comer.
Resoplé y puse los ojos en blanco.
-Mamá, estoy bien. Como sin problemas, no tengo ningún problema alimenticio. ¿Recuerdas?- puse una sonrisa de convencimiento.
-Bueno, vamos…- aceptó y señaló uno de los bares que se encontraban al final de aquella calle.
Entramos dentro, yo me acerqué a la barra mientras mi madre escogía una de las pequeñas mesas acompañadas de dos sillas. Una camarera alta y sonriente, se acercó a preguntarme qué quería.
-¿Qué deseas, pequeña? ¿Algo de comer?
Mostré una forzada sonrisa, si algo odiaba era que me llamasen pequeña.
-Sí, una tortilla francesa y algún pescado, el que desees, pero no muy fuerte.- ni fuerte, ni caro. Mi madre no tendría el estómago en perfectas condiciones nada más salir del hospital, pero mi cartera tampoco rebosaba de dinero. La señora asintió y pegó un post-it a una ventanilla que debería de llevar a la cocina.
Me volví hacia mi madre, estaba sentada en la silla que daba de frente a la televisión, donde emitían un programa de juegos de azar, al que tampoco prestaba demasiada atención.
-Ya está, -dije mientras apoyaba los codos sobre la mesa- imagino que no tardarán en traerte la comida.
-¿Traerme?- dijo extraña- ¿y tú?
Reí irónicamente y saqué la cartera mostrándole el billetero.
-Picaré un poco de pan si tal, o si no me preparo algo en casa.
-Estás tonta, eh. Tienes que comer.
Resoplé y puse los ojos en blanco.
-Mamá, estoy bien. Como sin problemas, no tengo ningún problema alimenticio. ¿Recuerdas?- puse una sonrisa de convencimiento.
-Bueno... -no añadió nada más y empezo a tamborilear la mesa con un palillo que había cogido.
Nos quedamos sin tema de conversación durante ese rato, solo se oían algunas voces de ancianos que tomaban una cerveza en el bar con algún amigo y la televisión de fondo. Por fin, la voz de la camarerá destacó.
-¡Eh, tú, chica! Aquí tienes los platos.- los apoyó sobre la cristalera de la barra y me acerqué a por ellos. Dejé las trece libras con ochenta peniques, no era demasiado caro, pero tampoco una ganga. Tenía dinero para pedirme una ración y comer un poco, pero mi estómago tampoco estaba por la favor de dirigir correctamente lo que metieran en él.
Volví con los platos en ambas manos y los coloqué sobre la mesa en frente de mi madre, me acerqué de nuevo a por un pequeño botellín de agua y regresé a mi asiento.
Ella clavó el tenedor en la orilla de la tortilla y cortó un trozo, lo pinchó y se lo acercó a la boca.
-Entonces veo que piensas seguir viendo a esos chicos.- dijo con indiferencia antes de meterse la comida en la boca.
Respondí extrañada, sin entender a que volvía de nuevo ese tema mientras arqueaba una ceja irónicamente.
-No veo por qué no hacerlo.- intenté responder con igual indiferencia, pero creo que se notó un tanto que estaba a la defensiva en mi tono de voz.
Levantó levemente la mirada hacia la mía con la cabeza agachada hacia el plato. Su mirada practicamente mostraba todo el descontento que no pretendía decir con palabras.
-Te aseguro que no son la mala influencia que tú crees.- dije teniendo esperanza de que el modo de decirlo relajase un poco la situación.
-Por lo que he oído por la radio, todos los grupos “buenos” –entrecomilló la palabra con los dedos de ambas manos- son enviados a Hamburgo.
Asentí.
-¿Y hay algo de malo en eso?
Se aclaró la voz y continuó cortando la tortilla.
-Sí. El ambiente de esos clubs donde van a tocar no es la mejor… influencia.
-¿A qué te refieres?
-Lo sabes perfectamente. Sexo, drogas y…
-¿Rock’N’Roll?- interrumpí con una leve risa. Me fulminó con la mirada, no tardé en darme cuenta de que no estaba bromeando.
-¿Y cuánto tiempo estarán allí?
-Por lo que me han comentado, unos cuantos meses, pero no es nada definitivo. – me encogí de hombros.
-¿Y sigues teniendo la alocada idea de ir a España?-  clavó la mirada en mí. Aunque su voz no sonaba demasiado agresiva notaba desconfianza en ella.
Permanecí con mis ojos fijos igualmente en los suyos, aunque no tardé en incomodarme y agaché la cabeza. Suspiré y me incorporé de la silla.
-Creo que voy a ir a por algo de postre.
No añadió nada a aquello y partió un trozo de pan mientras yo me acercaba de nuevo a la barra. Pedí un café con leche, aquella situación me había destemplado.
Desde allí veía como mi madre ya tragaba a duras penas la mitad del segundo plato, por lo que no creí conveniente sumarle un tercero de postre.
Después de recibir la taza de café y añadirle varios sobres de azúcar me acerqué de nuevo a nuestra mesa, seria, dejando bruscamente la taza en ella y clavando mi mirada en la suya. No pretendía parecer violenta, pero si seria. Tenía que conseguir como fuese que viera que no era ninguna tontería. Aunque eso ambas lo sabíamos.
-Necesito ir, por favor.- ví que abría la boca para interrumpirme, por lo que comencé de nuevo a hablar más rápido y decidido, entrelazando ambas manos suplicante.- Te devolveré el dinero, me pondré a trabajar, ahorraré. Robo un banco si as necesario pero por favor, no me dejes en Liverpool. La situación es complicada.
Soltó aire por la nariz lentamente analizando unos segundos el tema.
-Sigo sin convencerme. Es demasiado arriesgado, entiéndelo.- me miró compasivamente.
-Lo sé, mamá. Lo sé perfectamente. Pero con miedo no se va a ningún sitio, hay que arriesgar. No siempre se tendrán buenos resultados pero si no se intenta nunca se sabrá cual es el final.
-Es muy distinto, -su voz se agrietó y me miraba a los ojos. Pocas veces sus ojos transmitían emociones, pero ahora tenían un brillo especial. Un brillo que pocas veces conseguía ver, un brillo de miedo, materno.- en este caso arriesgarse puede llevarte a la…- se interrumpió y bajó la mirada.
-La muerte.- dije en un tono más bajo y comprensivo.
Asintió debilmente y soltó aire por la boca. Se levantó de la silla y se echó el abrigo por encima para dirigirse de nuevo a la salida como si la anterior convensación nunca hubiese tenido lugar. Mostraba una sonrisa, aunque yo que la conocía sabía que era forzada.
-Tiempo al tiempo, seguro que no es necesario que vayas ahora. ¿Por qué no esperas a tener los dieciocho? Allí ya serás mayor de edad.- transmitía una tranquilidad mucho mayor que pocos minutos antes.
-Si pudiese esperar lo haría. El caso es que es urgente, ya te lo expliqué. El valor de una promesa.
Asintió y torció los labios.
-Sé lo que significa para tí una promesa, sé que no es ninguna tontería. Pero yo también hice hace muchos años la promesa de no permitir que te ocurriese nada, y dejarte ir a un regimen franquista no es la mejor manera de evitar accidentes.
Puso una mano sobre mi hombro, y yo no añadí nada más.
Todo el camino hacia casa fuí con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, cabizbaja y arrastrando los pies a cada paso. No tuvimos mucha más conversación, por lo que mi cabeza seguía atormentándome una y otra vez con Inés.
Mi madre poco a poco iba cediendo, pero a la velocidad a la que conseguía convencerla no sería lo suficiente como para que mi amiga esperase.
LLegamos a casa, tiré las llaves sobre la cómoda de la entrada y coloqué el abrigo sobre una percha que se encontraba contra la parte interior de la puerta.
Me dirigí a mi cuarto, el paquete de tabaco estaba sobre la cama. Arqueé las cejas sorprendida al darme cuenta de que estaba ahí y de que en cualquier momento mi madre pudiera entrar y verlo.
Me avalancé sobre él y no escondí debajo de la almohada, después me acerqué a la cocina con la mayor normalidad posible.
Y tenía suficiente con haberme juntado con los Beatles, si mi madre se enteraba que estaba cayendo de nuevo en las garras del tabaco no saldría de por vida.
Así que comencé a prepararme un tazón de leche con cacao y cereales cuando llamaron con fuerza a la puerta.
Me sobresalté y mi madre se asomó por el marcó de la puerta de su dormitorio preguntándome si sabía quién era.
Me encogí de hombros, no tenía idea de quién podía saber si estaba en casa cuando poca gente estaba al tanto del accidente de mi madre.
Me acerqué a la entrada mientras ella se encerraba en su habitación.
Abrí. Era George.
Un “oh, oh” sonó en mi mente. Un escalofrío recorrió mi espalda.
Malas noticias, seguro. Llevaba un pequeño trozo de papel agarrado con el puño de una mano. Permanecía serio, y su mirada no expresaba la misma alegría inundadora de siempre. Tampoco su sonrisa, o su postura.
Intenté ocultar ese nerviosismo repentino y sonreí  mostrado sorpresa.
-Hola George, no te esperaba por aquí. ¿Ha pasad…
-¿Tú sabías que Inés pensaba marcharse a España?
Me escurí por el hueco que había entre la puerta y el marco y la cerré a mis espaldas. Inmediatamente desplegó la pequeña nota que llevaba en su mano.
-Lo ha dejado en el felpudo de su casa, fui a preguntarla qué tal estaba y esto fue todo lo que encontré.- comenzó a explicar, mientras me miraba a los ojos.- Según parece tú eres la única que parece saber algo.
Estaba perpleja, no entendía nada. ¿Cómo que una nota en su felpudo? ¿Se había marchado ya?
No, no era posible, no le había dado tiempo a planear y preparar todo en las pocas horas que llevábamos allí. Me negaba a aceptarlo, pero me limité a leer la carta.
No sé quién de todos mis conocidos cercanos serás el que esté leyendo esto. Puedes ser un familiar, una amiga, un Beatle, un vagabundo, un cartero, un publicista… El caso es que yo estaré en el aeropuerto con la esperanza de que esto caiga en buenas manos. Me voy a España, los nervios me están comiendo por dentro, no aguanto más. Seas quién seas, si la suerte está conmigo, avisa a Paula de que me marché, pedid disculpas de mi parte por no esperar. Pero sabe perfectamente que la situación es delicacada.
Inés.”           

[Muy buenas queridos lectores. Perdonad la tardanza de este capítulo. La inspiración, el tiempo, y el ordenador me fallaron. Espero esta semana poder subir algún capítulo más y al igual la próxima semana. Igualmente, en el caso de que me sea imposible, os dejo aquí el enlace de otro fanfiction que estoy haciendo con otra chica. María Fernández, Mariaccavmneox, o Mary Harrison como la llamo yo.
Si podéis pasaros un poquito por allí, que no tenemos muchos capítulos y es fácil de leer además de que no os cuesta nada.
Muchas gracias a todos, un fuerte abrazo.
Got to get you into our lifes. ]