[Nota: Perdonad la
tardanza de este último capítulo. Los últimos días he estado muy liada, además
de que he creado más fanfics y se me junta todo el trabajo. Desgraciadamente,
me agobio rápidamente.A eso se debe que este capítulo sea tan largo. Lo siento, intentaré ponerme al día lo más rápido
posible.]
Me desperté alertada por los golpes en la puerta. Creo que ninguno de nosotros esperaba visita, por lo que me extrañó bastante.
Me froté los ojos, la luz que atravesaba
la ventana iluminaba toda la habitación, y en un primer momento era un tanto
incómodo. Me levanté de un salto de la cama, sabría que si no era así
sería incapaz de levantarme. Mi vaguería era superior a mis fuerzas.
Abrí la puerta de la habitación, se
encontraba justo al final del pasillo. La puerta de entrada, según mi punto de
vista estaba situada en el lado izquierdo, aunque no me extrañó que el que
durmiera en el sofá se levantara el primero a abrir.
Paul se disponía a abrir la puerta de la
entrada cuando yo abrí la mía.
Me miró, tenía el cabello un poco
despeinado, llevaba una camiseta de manga corta un tanto ancha, el cinturón del
pantalón desabrochado y su carita de bebé estaba adormilada.
Rió levemente.
-¿Qué quieres? El pijama estaba en la
habitación...
Reí suavemente, mis ojos se iluminaron y
sentí un vuelco en el estómago.
Automaticamente baje la mirada al suelo
y revolví suavemente la cabeza. Me negué a mi misma que en ese momento él era
una de las cosas que más feliz me hacía. No quería tener esos pensamientos. No
creía que fueran los adecuados.
Abrió la puerta mientras la cabecita de
John se asomaba por la de su habitación, ahí se cruzaron las miradas del que
estaba en la entrada y la suya.
John sonrió al instante.
-¡RINGOOOOOO!- exclamó y se apresuró
hacia él.- Pensábamos llamarte, no esperábamos tu visita.
Suspiré, menos mal que era el que
faltaba de los cuatro.
Al oír tanto grito de alegría, Inés
salió de la habitación con la voz dormida.
-¿Qué se supone que pasa?- no se molestó
en abrir completamente los ojos para observar la escena.
En ese momento Harrison salió
rápidamente del dormitorio.
-¡FELICIDADEEES!- le tiró veintiún veces
de las orejas, seguido de los otros dos.
Miré el calendario que se encontraba un
poco más cerca de la entrada.
7 de julio, no sabía que ese día era su
cumpleaños. Bueno, no sabía los cumpleaños de ninguno de los cuatro, aunque
poco a poco me iría enterando.
Ya había sido el de Macca, ahora
Starkey. Solo me faltaban dos.
Ringo pasó al salón, todos nos sentamos
en los sillones y sofás de alrededor de una pequeña mesa central, donde poco a
poco todos fuimos colocando zumos, cereales, cafés, tostadas, huevos fritos y
demás para desayunar.
Ese día hacía un tiempo más fresco de lo
normal, por lo que desde temprano tuvimos que encender el fuego.
Esa mañana la pasamos en casa. Sobre las
doce teníamos todo recogido y ordenado y simplemente estuvimos hablando.
Finalmente decidimos ponernos a comer,
para salir después temprano a pasear por la ciudad, acercarnos al centro y
demás.
Comimos en casa, cada uno preparó algo
de lo que más sabía. Fui la ‘extraña’ que hizo comida de fuera del país, pues
mi padre era español (de ahí mi nombre poco común en Inglaterra) por lo que
sabía preparar paella mejor que los demás, y ninguno me puso inconveniente.
Empezamos a comer cerca de la una y
media, en una mesa más grande y adecuada para comer que se encontraba un poco
más atrás del sofá del salón.
Como siempre, todo fue genial. Risas,
bromas, y bueno, en esta ocasión, unos cuantos tirones de oreja al batería,
que hoy cumplía veintiún años.
Después de comer, para variar, se montó
un “mini-concierto” en el salón. Era gracioso porque Paul esta vez no quiso
sacar el bajo, y cogió la guitarra. John también, al igual que George.
Eran tres guitarristas con un batería
que había olvidados sus baquetas en tierras natales y se tenía que apañar dando
palmas y golpeando sus piernas.
No solo era único ver esa escena
‘familiar’, si no que también tocaron las canciones que los unieron, y eso si
que era algo digno de ver.
Neus, Ine y yo estuvimos contemplándolos
continuamente. Neus, como as algo común, estaba embobada con la mirada perdida
y una enorme sonrisa. ¿A quién? A John. No iba a ser otro. Realmente debería
ser una maravilla estar con uno de esos hombres.
George se acercó un momento con la
guitarra en brazos mientras tocaba “Three Cool Cats”, se sentó en el lado del
sofá más cercano a nosotras y empezó a zarandearse de un lado a otro al compás
del ritmo de la guitarra. (Para que me
entendáis, como en “Help!” en la escena de “You’ve Got to Hide Your Love Away”,
al lado de Eleanor Bron. Es esa escena, ¿no?)
Así pasó bastante rato entre canciones,
ritmos y más risas. Aunque finalmente decidimos salir a las callejuelas de
London City. No sé por qué, pero nos dividimos en dos grupitos. John, Paul,
Neus y yo, y George, Inés y Ringo. Quedamos en encontrarnos en la misma
bocatería del día anterior.
Así salimos Paul, Neus, John y yo de
camino a ese mercadillo de segunda mano, que si no recordáis, se iba a celebrar
esos días por esas calles.
Andamos un poco y rápidamente empezó a
notarse un cúmulo de gente. En los primeros puestos destacaba lo textil.
Zapatos, abrigos, accesorios… Ropa, en general.
Poco después, había una especie de
subasta de antigüedades, aunque no nos detuvimos mucho pues se percibía a
leguas que eso era para la gente de clase ‘alta’.
Finalmente, y por fin, aunque el Mercado
continuaba más allá llegó nuestra sección.
Música.
Paraíso.
Ahí estaba.
Rápidamente nos acercamos los cuatro en
un acto reflejo al primer puesto, situado a la izquierda de la calle, donde se
encontraban en una pequeña caja de cartón, un tanto vieja y desgastada, LP’s y
singles. Encontramos de todo, desde Vivaldi hasta Elvis. Pasando por Louis
Armstrong, Bill Halley and His Comets con su célebre “Rock Around the Clock”, y unos cuantos más.
Pero hubo un single que, gracias a Dios,
vi antes que John. Pues si no hubiera sido así, podría irme despidiendo.
No sé, pero lo vi de reojo y se me
iluminó la mirada, metí rápidamente la mano en la caja y lo saqué. Ni más ni
menos, “Jailhouse Rock”. Además
tirado de precio, si no recuerdo mal, fueron unos veinte peniques.
No solo Lennon, si no también McCartney,
me miraron mal a partir del momento en el que le entregué el dinero al
vendedor. Yo disimulaba, lo guardé dentro de mi chaqueta y le dí una suave
palmada en el hombro a John.
-Tranquilo,
te lo pondré todas las noches antes de dormir.- dije riendo.
Aunque en ese momento llegamos a un
punto clave.
A la derecha los pianos, guitarras,
bajos y demás.
A la izquierda, cosas menores. Viejas
radios, harmónicas, tocadiscos.
John y Paul se miraron automaticamente.
Rieron y sin decir ni una palabra, Macca se dirigió a mí.
-Si quieres comprar algo aprovecha,
rápido.
Le mire extrañada, pero no pregunté e
hice caso. Le empujé hasta el puesto de la derecha corriendo, saqué la cartera
y compré lo primero que hizo darle un vuelco al corazón.
Un piano, un pequeño piano, no en
perfecto estado pero decente para aprender.
Miré a Paul. Estaba mirando todos y cada
uno de los instrumentos que había en ese pequeño lugar. Estaba inmerso entre
tantas cuerdas, mástiles y clavijas. No apartó la vista ni un momento, me
disponía a preguntar por el piano pero de repente el volvió en sí.
Me cogió del brazo y pegó un fuerte
empujón para que le siguiera.
John estaba varios metros más adelante al
mismo corriendo al mismo ritmo, y una vez alejados de ese lugar, paró.
Cogió aire, apoyó las manos sobre su
rodillas y miró a Paul.
Estiró su brazo en frente de él, sonrió
y dejó ver una harmónica plateada en su mano.
-No
podías resistir a la tentación de robar algo, ¿no?- rió McCartney.
-Por
Dios Paul, pero mírala.- Dijo acercándosela a él haciéndole ver los dibujos
que estaban grabados en ella.
Terminó de coger aire y hizo sonar una
pequeña melodía. El sonido de una harmónica delirante. Parecía de las típicas
que tocan los vagabundos una noche de invierno esperando que llegue el “The End”.
Más o menos diez segundos, luego cortó
en seco, apartó el instrumento de sus labios y sonrió.
Pensaría algo como “llevaba mucho tiempo sin apropiarme de algo tan bueno” conociendo a
Lennon.
Después de aquello empecé a hablar con
Neus, la conté lo del piano, que me había enamorado y ese tipo de cosas. Me
miró y sonrió.
-¿Sabes
que Paul te puede enseñar a tocar el piano? Y John, no tanto pe…
Le interrumpí, abrí los ojos como platos
y corrí hacía Paul sin dejarla acabar la frase.
- Podías
habérmelo dicho tú antes.- respondí agitada riendo levemente.
Sin dejarle responder le acerqué al
puesto de antes, pagué rápidamente las diez libras que pedían por él y de
nuevo, me apresuré rápidamente a la otra pareja.
John reía entre dientes, miró detrás de
los hombros de Paul y de nuevo, nos hizo correr hasta una de las
bocacalles más cercanas.
-No
pienso darle la satisfacción de devolverle la harmonica…- rió.
Sin darnos cuenta estábamos en la calle
en la que se encontraba la bocatería donde habíamos quedado con los demás, pero
era demasiado pronto.
Nos sentamos en el bordillo de enfrente
de la puerta de entrada a la espera de los demás.
John continuaba inmerso en la harmónica.
Soplaba levemente de un lado a otro, comprobaba todas las notas, la fuerza con
la que tenía que mandar el aire, y los grabados.
No sé que tenían los grabados, pero les
ojeaba una y otra vez.
Pasó mucho rato y los demás no daban
ninguna señal. Me levanté de un salto y me puse delante de los otros tres.
Tenía un piano en mis manos, y no podía
estar allí cuando podía estar en el apartamento tocando.
Levanté a Paul de la muñeca, metí su
mano izquierda entre ambas mías y entrelacé mis dedos.
-Por
favor Macca, sé que sabes tocarlo, ayúdame. Please, please.
Paul rió, miró a Lennon riendo. Éste en
un mal intento de susurrar ‘por lo bajo’, dijo un; “Véte, tíratela y consigue el single de Elvis”, cerró el puño, estiró
el brazo y levantó el dedo pulgar riendo.
Le mire levantando una ceja
irónicamente.
-John,
si por cualquier remota posibilidad de que yo me tirara a este- señalé a su
amigo- me lo tiraría con “Jailhouse Rock”
en el tocadiscos, así que no te hagas ilusiones. Que no lo perderé de vista.
Le guiñe un ojo como gesto de pique y volvía a tirar de
la muñeca a McCartney.
-Vamos,
anda…- puse cara de niña buena.
Soltó aire mientras sonreía, y miró al
final de la calle. Se acercaban los demás, y me miró.
-Mmmmmhh…
Hacemos una cosa. Me tomo una birra y vamos, ¿vale?- sonrío.
Le devolví la sonrisa y asentí, tardaría
un poco más en estrenar aquél viejo piano, pero más vale tarde que nunca.
Entramos en el bar, la misma decoración
igualmente acogedora que la última vez.
George, Ringo e Inés nos contaron que apenas
salieron de casa hasta el último momento, y John, para variar, los contó su
gran anécdota.
No intervine mucho para no alargar la
conversación, lo único que yo quería era coger a McCartney y llevármelo a casa.
Pegó un ultimo trago al vaso de cerveza
que le quedaba, pensaba pedirse otro. Le miré, rió entre dientes y dejó su
parte del dinero. Se despidió de los demás y finalmente me hizo un gesto de que
ya saliésemos a fuera.
Andé rápidamente, mientras él ojeaba una
y otra vez el single de Presley que había accedido a dejarle.
Llegamos a casa, él subió delante mío.
Rápidamente lanzó el single sobre el sofá y yo me senté rápidamente en el
sillón que me parecía más cómodo para tocar.
Paul me miró, aunque su mente estaba
realmente centrada en encontrar una emisora en la vieja radio que había allí y
simplemente miraba a un punto fijo, sin más.
Pasaban multitud de interferencias por
el altavoz, hasta que por fin, encontró la emisora que buscaba. La de
Rock&Roll.
No se si era casualidad, destino, o
fama. Pero igualmente estaba sonando Elvis Presley, pero esta vez “You'll Never Walk Alone”.
Empezó a zarandear la cabeza al ritmo
tarareando la canción con los típicos soniditos, respiraciones y grititos de
McCartney.
De un momento a otro bajó el volumen, se
acercó y me quitó en piano de las piernas.
Con un flojo tarareo que salía de su
garganta empezó a hacer sonar la canción que hace unos segundos estaba sonando
en la radio.
Lo mire boquiabierta, terminó, levantó
la Mirada y sonrió.
-Simple-
dijo mientras volvía a colocarme el pequeño piano encima.
-¿¡SIMPLE!?- exclamé.- ¿Cómo… cómo… cómo
cojones hiciste eso?- reí.
Rió conmigo y cogió el teclado de nuevo.
-Es
muy fácil cuando no sabes leer partituras, acabas aprendiendo canciones a oído.
Por decirlo así.- dijo mientras
presionaba más lentamente las teclas.
Dio dos suaves golpes con la palma de la
mano sobre el sofá, indicándome que me sentara a su lado. Y así lo hice.
Apoyó la mitad del piano en él, y la
otra mitad en mí.
Me miró y sonrió.
-Sólo
te lo explicaré dos veces, el resto de clases se darán a cambio de la Cárcel de
Rock.- rió, asentí irónicamente y me pegué más a él.
Levantó las manos levemente, las puso
sobre las teclas y hizo sonar unas notas
y acordes. Se disponía a colocar la mías igualmente cuando la puerta de entrada
se abrió bruscamente.
John entró primero, después los demás.
Inés estaba pálida, con la cabeza
cabizbaja y ojos llorosos. Un periódico entre una de sus manos, al cual parecía
que había apretado con mucha fuerza.
-¿Qué
ha pasado? – dijo Paul con un tono un tanto preocupado.
John le miró, se dirigió hacia la chica.
Ine levanto levemente la mirada, se acercó nosotros.
Nos entregó el periódico. Paul lo abrió
rápidamente sin darme a mi tiempo para ver nada.
La miró compasivamente.
-Pero
esto… ¿tiene algo que ver contigo?
Inés se iba a poner a llorar de un
momento a otro, se dejó caer sobre el sillón, flexionó las piernas y apoyó su
frente sobre las rodillas. Dejando que su melena le tapara toda la cara.
Pues se me ha hecho corto el capitulo :3
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