Después de aquello, automáticamente rodeamos a Inés en el sillón.
-Inés, ¿qué ha pasado?
Levantó levemente la cabeza y miró a Paul. No dijo nada, pero al parecer él entendió que le entregara el periódico para entender algo.
Era el periódico del día anterior, al parecer le había encontrado en el bar escocés y se interesó por él.
Era un número del Square Mile Times, tenías que pasar varias páginas hasta llegar al apartado que le 'interesaba' a Inés.
Al parecer era una noticia internacional.
Era 1961, desgraciadamente en España, estaban en pleno gobierno, o dictadura franquista.
El periódico, después de pasar por la "censura" informaba de que un grupo de jóvenes habían sido arrestados por colocar varias banderas de la II República Española por toda la Gran Vía de la capital del país, Madrid.
Supongo, que por aquel entonces allí, eso no era muy bueno.
Mi padre, como ya dije, era español.
Cuando era más pequeña contaba anécdotas de su familia en España. Si no recuerdo mal, al parecer tenía un tío que era de izquierdas. Desgraciadamente, murió en plena Guerra Civil, hasta donde yo sé, únicamente por ser "rojo".
Al leer la noticia esa pequeña historia me vino a la cabeza.
A mi tío lo asesinaron por sus ideales, a los chicos protagonistas de la noticia no quería ni imaginármelo.
Miré a Ine, puse mi mano en sus rodillas.
-¿Quiénes son ellos?
Señaló a una de las chicas que aparecían en la foto adjuntada.
-Mi hermana, estudiaba Bellas Artes en España...- tartamudeó. Tenía la voz rota y los ojos hinchados.
En ese momento debí ponerme pálida, el corazón se me paró unos segundos.
Eso no era bueno, nada bueno.
Todos intentaron animarla, yo no pude.
Me senté en el otro sofá y leí una y otra vez la noticia.
Mi padre huyó a España después de abandonarnos a mí y a mi madre. Demasiados recuerdos comenzaron a atormentar mi mente.
Pasaron las horas, continuaba sentada en el sofá, en la misma posición.
Sentía curiosidad por saber de mi padre. Podría ser el mayor cabrón del planeta. Pero también tenía familia en España, a la cual nunca conocí.
Ni me inmuté hasta que los chicos me llamaron la atención para cenar. La cena fue rápida y sin apenas conversación. Nadie abrió la boca.
Ringo tenía que volver a Liverpool, así que el escaso diálogo fue para despedirnos y felicitarle por última vez su veintiún cumpleaños.
Igualmente todo el resto de la noche. Todos sentados en el pequeño sofá, con la televisión baja y el fuego de la chimenea alumbrando la habitación mientras el silencio se rompía a menudo por el peculiar sonido de las ascuas.
Poco a poco cada uno se fue yendo a dormir, Neus estaba preocupada. Supongo que añoraría a su pequeño bebé, al cual habían dejado con la tía de John allí en Liverpool.
George tan tímido como siempre, no dijo palabra. Y John y Paul intentaban alegrar un poco el ambiente, aunque sin gran resultado.
Las horas fueron pasando lentas y melancólicas. ¿Quién iba a poder hacer cualquier muestra de alegría después de aquello? Era todo muy extraño, una situación difícil.
De lo poco que conocía a Inés sabía que era fácil herirla, por lo que cualquier palabra podía hacerle daño.
Poco a poco el reloj iba avanzando, y cada uno de los chicos se fue metiendo en sus respectivas habitaciones. Inés permaneció allí, con la mirada perdida en la televisión a la que poco quedaba para que finalizase la retransmisión diaria. Complentamente pálida. Temblaba levemente, imagino que estaría destemplaba, pero se negaba a abrigarse con una fina manta.
Efectivamente, poco tardó la pantalla de la televisión en mostrar esa "niebla" que aparece cuando pierdes la señal, y emitiendo un sonido muy molesto parecido al de una radio mal sintonizada. La miré de reojo, seguía sin inmutarse que aquello que estaba mirando no pretendía aportarle nada. Me levante suavemente y apagué la televisión.
Ahí sí, cerró los ojos y revolvió levemente la cabeza. Me acerqué timidamente al sillón más próximo.
Mantenía la mirada fija en ella con la esperanza de que reaccionara. Por fin dirigió sus ojos hacia mí y cogió aire.
-Tengo que ir a España...-murmuró entre dientes. Había demasiado silencio en aquella habitación, por lo que la entendí con exactitud.
-¿Qué? Es broma, ¿no?- negó con la cabeza y yo proseguí.- No puedes hacer eso, ya has visto como están allí las cosas.
Me miró con lágrimas apunto de caer por sus mejillas y la voz, igualmente, temblorosa.
-¿Crees que voy a dejar pasar el tema como si nada? Es mi hermana, se que está allí, detenida. Con ese gobierno no me puedo quedar de brazos cruzados. Seré la pequeña, pero por eso mismo ella siempre me ayudó cuando lo necesitaba. No puedo quedarme aquí.
Se levantó del asiento, la cogí de la muñeca y la volví a sentar de un tirón.
-¿Y qué piensas? ¿Ir ahora? ¿Estás loca? Es imposible.
Resopló y se levantó de nuevo.
-¿Estás tonta? Sé que no puedo ir así como así. Pero tengo que ir, es lo único que sé. Imagínate que... No sé, le pasa a tu padre, ¿no irías?
Esas palabras me rompieron por dentro. Bajé la cabeza y asentí levemente.
-Tranquila, es comprensible, te entiendo.
-Menos mal. Ahora, ¿puedo ir a por una tila? Tengo que intentar relajarme.- dijo irónica.
La miré con una tímida sonrisa y asentí disimulando una pequeña sonrisa.
Zanjamos ese tema, y cogí de nuevo el piano que Paul había apoyado sobre la mesa central del salón antes de que pasara todo.
Me tumbé con él encima e intenté recordar las notas que me dijo. Entre nota y nota pulsada al azar una idea inundó mi cabeza.
Me incorporé de nuevo y zarandeé a mi compañera del hombro mientras ella soplaba levemente la humeante taza de tila que aparentaba estar ardiendo.
-¿Sabes qué?
Me miro sorprendida mientras pegaba un pequeño trago.
-Obviamente no, ¿qué?
Pensé por dos segundos la respuesta y bajé un momento la mirada, aunque rápidamente volví a subirla.
-Bueno... Es muy arriesgado por mi parte, pero... ¿Por qué no vamos a España? Ya sabes, dentro de unos días los chicos marchan a Alemania.
Abrió los ojos enormemente, parecía que se le iban a salir de sus órbitas en cualquier momento.
-¿Qué? Paula, si es broma no tiene ninguna gracia...
Negué con la cabeza y comencé a explicar.
-No, no. Bueno, supongo que si hablara con mi madre lo comprendería. La verdad es que tengo muchas razones por las que querer visitar España, aunque un contra es superior a todos los demás.- solté una pequeña risilla, en el fondo me parecía irónico.
Inés tartamudeo unos segundos sin saber que decir.
-Realmente no sé que decir. Yo voy a ir, lo sé, apenas tardaré unos días en partir hacia España. Pero si cuento contigo es realmente un apoyo.
Estiré el meñique a modo de promesa con una gran sonrisa en la cara.
-Prometo hacer todo lo que esté en mi mano para conseguirlo.
Ella cerró la promesa, sonrió y me abrazó.
-Muchas gracias, no sabes lo mucho que necesito todo esto.
-No las des, por favor. Créeme, te entiendo más de lo que puedes imaginar.
Mostró media sonrisa. Al parecer no supo que responder a aquello y simplemente se tumbó en el sofá hasta terminarse su caliente tila y poco a poco acabar cayendo dormida.
Aunque ya eran las cinco de la mañana, yo seguí ahí intentando sacar las notas, y mi compañera apenas se inmutaba.
Presionaba una tecla con el dedo índice, y luego la de su derecha con el corazón.
Lo hice muchas veces hasta que esas dos notas principales me recordaran a algo, y aunque no conseguí absolutamente nada, seguí intentándolo inútilmente. Una tras otra.
Las horas seguían pasando, el secundero del reloj avanzaba junto al minutero mientras yo permanecía con los talones de los pies apoyados en la mesa y recostada en el sillón.
Cerca de las siete de la mañana ya no era momento de ir ya a dormir, es más, poco les quedaría a los demás para levantarse.
Hoy era nuestro último día en la ciudad de Londres, hoy terminaríamos de volver a recoger todo para mañana repetir el viaje de vuelta.
John no iba a ser el último en planearlo. Ya lo tenía todo pensado. Hoy levantarse, hacer "vida normal" y preparar las maletas, aunque dejásemos fuera lo poco que necesitaríamos para la noche y la mañana después. Y después de comer -para variar- salir, y cuando cayera el Sol dejar un "buen recuerdo", como él decía.
Claro, eso a McCartney no le hizo mucha gracia, a él le tocaría conducir. Aunque tampoco negó sus muchas ganas de fiesta.
La luz mañanera no tardó en asomarse entre las cortinas del salón, alumbrando de lleno la cara de Inés, que continuaba durmiendo plácidamente.
Acurrucó la cabeza esconciendo la mitad de la cara debajo de la manta, que al final de la noche había cedido a cogerla y poco a poco abrió los ojos.
-Buenos días- dijo suavemente con los ojos entre abiertos.
-Para mí todavía no han sido ni "buenas noches".-reí
-¿Eh?-dijo mientras bostezaba y se frotaba los párpados con las yemas del dedo índice.- ¿No has dormido nada todavía?
Negué con la cabeza soltando una leve risa.
-Pues estás tonta, -prosiguió- con lo agustito que se está durmiendo.- rió por lo bajo.
-Nah, así me duermo en el viaje.- reí.
Se levantó rápidamente del sofá y me miró asesinamente riendo.
-¡Ni se te ocurra! George, Neus y yo no pensamos soportar un peso muerto.- rió más- Te prometo que si te duermes sales por la ventana.
-Bueno, chiquilla, encargaros vosotros de mantenerme despierta, porque si no...- reí.
En ese momento uno de los picaportes de las habitaciones sonó.
Paul y su pijama azul claro de rayas se asomaron por la habitación, practicamente a la par que Neus.
Ambos andaron torpemente hasta la cocina, aunque Paul se detuvo un instante en la puerta del salón.
-Has estado con el piano toda la noche, ¿no?
Reí y silbé irónicamente apartando la mirada.
-Ah... No. ¿Por qué piensas eso? Que tenga el piano encima a las siete de la mañana con unas grandes ojeras no significa que no haya dormido nada...- volví a reír.
Se llevó la mano a la frente riendo y siguió hasta la cocina, donde Neus ya estaba preparando el café y el otro comenzó a buscar algo para comer.
Fue gracioso, Paul me trajo el café hasta el sofá. Y éste, en vez de despertarme -típico efecto de la cafeína-, con el calor que subía de la pequeña taza me adormiló.
Así se me cayeron los párpados y descansé ahí hasta que alguno de los presentes fuera capaz de despertarme.
No sé el tiempo que pasaría dormida en ese viejo sillón, pero poco tarde en sentir un leve peso sobre mi cabeza y frío contra mi mejilla.
Abrí levemente los ojos. Oh, John y sus bromas, para variar.
Me puso un cojín sobre la cabeza, y con varios cubitos de hielo me repartió frío por toda la cara.
Me desperté sobresaltada y rápidamente me giré hacia él.
-¡John!
Rió y dejó caer uno de los hielos dentro de mi camiseta. Ahí me levanté dejando caer el cubito al suelo, se apartó de mí rápidamente y fui detrás.
-¡Capullo! ¡Eres un capullo!- gritaba mientras le daba golpes en el brazo riendo casi a carcajadas.
-Sí, pero en el fondo todos me queréis.- posó como una chica riendo.
-Ya, claro... -continué riendo mientras seguía golpeándole, ahora ya más débil.
-¡El que más yo!- intervino Paul sin poder resistir las carcajadas.
-¡Por supuesto, amor mío! Tranquilo, solo te engañaré con ella.- rió John también señalando a Neus.
Para ese momento yo ya me había perdido en la conversación y me limité a intentar ubicarme a que hora del día estábamos.
El reloj marcaba las dos menos cuarto del mediodía, por lo que seguramente me despertarían para empezar a comer.
Para suerte, el ambiente estaba un poco más animado. Inés no estaba perfecta, pero por lo menos ya mostraba sonrisas. Al parecer tenía tan claro su próximo viaje a España que no la preocupaba lo demás. Aunque poco tardó en preguntar.
-¿Cuándo vais a ir a Hamburgo?
Los tres chicos levantaron la cabeza de sus platos de comida al mismo tiempo.
-¿Eh?- intervino Paul.- Sí, nos vamos la próxima semana, aunque no sabemos el tiempo exacto que estaremos allí.
-No creemos que menos de un mes.- añadió John, mientras George, como el pequeño que era y sus malas experiencias en tierras alemanas, únicamente asintió.
Inés sonrió mientras que Neus agachó la cabeza.
Creo que entendía perfectamente la situación. Inés tendría tiempo de sobra para tramar su plan, mientras que Neus estaría días con su futuro marido a miles de kilómetros de distancia.
Todos nos dimos cuenta de aquello, al menos de la parte de Neus, por lo que el silencio volvió a inundar la conversación.
-Bueno, ¿algo especial qué hacer?
-¡Sí!- John se levantó de un salto de la silla sonriente.- Yo tengo que dormir, esta noche quiero aprovecharla, que es la última.- rió.- Tranquila, para ti también.
Guiñó un ojo a Neus, ésta se ruborizó levemente y poco tardó en recibir un codazo por parte de los demás.
La tarde marchó con normalidad. La tranquilidad que aporta que el nervioso John esté durmiendo casi las veinticuatro horas diarias.
Inés ojeaba una y otra vez el periódico. George y Neus, como personas responsables empezaron a recoger sus maletas, y yo estresaba a Paul pues no conseguía sacar ni una nota con el piano. Me equivocaba en el mismo momento, fuera a la velocidad que fuese.
No sabía si reir o llorar, y en cuanto John salió de su profunda siesta gritó;
-¡Vamonos! ¡Rápido! Ese instrumento va a explotar, lo presiento.- rió a carcajadas.
John esbozó una carcajada.
-¿Ves, Paula? No tienes buena mano para los instrumentos...- siguió riendo.
-Bueno, bueno, no es paséis tampoco eh...- reí.
Paul me despeinó levemente la cabeza.
-Es cierto, pobrecilla. Pero en serio, ese cacharro debe de estar en números rojos.- más risas.
Acabé resoplando y dejando bruscamente el pequeño piano sobre la mesa.
-¡Vale! ¡Ya lo he entendido! No matéis mi ilusión, cabrones.- fingí estar enfadada, aunque no sirvió de nada pues mi cara mostraba una gran sonrisa.
Finalmente, tras mucha insistencia de Paul, acabamos saliendo de la casa antes de lo previsto.
Ahora sí que nos acercamos al mismísimo centro de Londres. Con el Big Ben , los típicos soldados reales de Inglaterra, tan graciosos ellos con su sombrero alto y su vestuario rojo, a los que John no dudó de hacerles varias muecas. Para su grata sorpresa, ninguno de aquellos militares se alteró por la presencia de aquel joven, pues su disciplina militar apenas les permitía moverse, excepto si la situación fuese muy alterada.
Poco a poco fuimos pasando la tarde. Miraba a todos lados, pocas veces había pisado esa enorme capital, y cuando lo hice, apenas me llega la conciencia.
Esta vez pensaba en ellos, al posar la vista en casa calle lo único que pensaba era; "Por mucho que no se lo imaginen, algún día conquistarán esta cuidad. Lo sé, lo siento."
Y de nuevo, esa felicidad apareció. Los miré sonriente mientras cada uno no callaba bromas o insultos cariñosos entre ellos.
Ese pequño grupo al que yo conocí en un pub de Liverpool y tanto me encantaron desde el primer momento estaba ahí, y yo había conseguido congeniar con ellos.
John era el que tenía más esperanzas por aquel sueño, pero ninguno tenía idea de rendirse hasta conseguirlo.
Era una sensación completamente genial, única. Aunque no todo el mundo la comprendiese, ni mucho menos, que los conociese.
Llegó la noche, las ganas de Inés por una noche de juerga eran inexistentes. Una cosa era estar animada, pero otra cosa muy distinta era ir de fiesta.
Apenas bebió una o dos cervezas, y picó algo de la cena. Neus directamente ignoró el alcohol. Y yo apenas pegué unos sorbos.
Los chicos tampoco "desfasaron" tanto. Lennon tomó unas cuatro cervezas, aunque bajo los efectos de un poco de alcohol podía pasar a ser la persona más odiosa de este planeta. George también tomó un poco de más, y Macca disimuló que más tarde tendría que conducir.
La noche pasó rápida para Inés y para mi, que no nos molestamos gran cosa en unirnos a la diversión. Yo apenas tenía motivos para estar decaída, pero tenía seguro que no pensaba dejarla sola.
De vez en cuando los chicos y Neus salían al exterior del local para comprobar que estábamos bien, hasta que finalmente, nos avisaron que nos íbamos.
Aquella noche sí, caí rendida. Había dormido menos de seis horas aquella mañana, antes de que John interrumpiese.
Nada más entrar me tiré de frente al sofá, quedando tumbada boca abajo y buscando a ciegas la misma manta de todas las noches.
Ninguno hizo maravillas para irse a dormir. Ya conocíamos en trayecto de Londres a Liverpool y no era nada entretenido. Por lo que no se negaron a meterse en sus camas.
Horas más tarde, imagino que cerca de las ocho desperté la primera. No me molesté en hacerme el desayuno. Mi apetito por las mañanas no era realmente grande, que se dijese.
Así me dispuse a empezar a recoger mi poco equipaje, aunque me costó mucho empezar a hacerlo, pues no quería alejarme de ese lugar.
Por favor, estaba viviendo con tres de los cuatro chicos que me habían devuelto la esperanza en el sexo masculino después de la decepción paterna, y con otras dos chicas que inspiraban confianza. ¿Acaso se podía pedir más? No, al menos por mi parte.
Mientras hacía mi tarea un horrible sonido metálico sonó en toda la casa.
Gracioso, alguien había colocado un despertador en medio del pasillo con la alarma a las nueve de la mañana para que todos despertasen.
Y así fue, todos se incorporaron al pasillo diciendo cosas poco bonitas de escuchar del despertador.
Por lo demás todo marchó igual. A las once tendríamos que salir de allí dejando la casa rural libre.
Paul, John, Ines y yo continuamos con nuestras maletas con prisas mientras que nos otros dos se reían de nosotros viendo la televisión, pues ellos acabaron su trabajo anteriormente.
Salimos con un poco de retraso, y con prisas entramos al coche.
Adiós Londres, hola Liverpool. Otra vez.
Viaje largo y costoso, además con cortos e inútiles temas de conversación, en el cual los pasajeros de la fila de atrás consiguieron mantenerme con los ojos abiertos sin dormir, a base de collejas y demás tácticas dolorosas, a las que respondía con una leve risa y un pequeño síntoma de mosqueo.
Finalmente llegamos a nuestro pequeño pueblo. Todos estábamos muy cansados, por lo que no tardamos en despedirnos y quedar lo más pronto posible antes de que partieran a Alemania.
Inés no hizo ningún comentario respecto a eso, y se limitó a lanzarme disimuladas sonrisas que entendía perfectamente. Asentía cada vez que veía una, no le aseguré nada aunque prometí que lo intentaría.
Comencé el camino hacia mi casa. Llegué a la puerta número 16, la mía. Saqué las llaves de un pequeño bolso de viaje que traía en la mano y me dispuse a introducirlas en el cerrojo de la puerta.
Resoplé antes de abrir, sabría la infinidad de preguntas que me esperarían después de aquel gesto. Pero abrí.
Poco tardó en mi madre en asomarse al pasillo para saludarme con una gran sonrisa, aunque no tardó en regañarme de nuevo por mi intento de fuga, cosa que me traía risa.
Empezó a preguntar, para sorpresa mía, aunque yo tenía la mente en otro sitio. Respondía con pocas palabras, respuestas cortas que muchas veces no encajaban a la perfección con la pregunta. Por fin la interrumpí, cogí aire, cerré los ojos y, a continuación, la miré fijamente, con mi mirada más sincera.
-Mamá, quiero viajar a España.
-¡¿Qué quieres hacer qué?!
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