La cara atónita de su reacción no tenía
precio alguno. La boca abierta y los ojos como platos de mi madre lo decían
todo; miedo, tensión, inseguridad, duda.
No sabía exactamente cual iba a ser mi
escusa esta vez para escaparme de viaje otros tantos días, y esta vez a un país
en el cual su régimen no era el mejor de todos.
No pensé cual sería mi razón para
visitar España, a parte de la curiosidad por saber de aquel padre que perdí en
la infancia. Lo único que tenía claro en ese momento era que Inés me
necesitaba. Puede que no fuese a la que más, ni mucho menos. Pero su situación
era muy complicada, y no me iba a negar a ofrecerle una mano amiga.
Seguramente, al menos así lo veo,
ninguno de los chicos, o la propia Neus hubieran negado su ayuda. Pero todos
ellos tenían ya suficiente encima; los Beatles con su gira por Hamburgo,
mientras que a Neus le tocaba cuidar del pequeño Julian.
Seguí sin decir una palabra mientras mi
madre pronunciaba diversas sílabas sin orden o sentido alguno.
-¿Realmente pretendes que te deje ir a
España? ¿En serio?
-Mamá, es una situación de fuerza mayor.
Rió irónicamente, algo que despertó una
leve furia dentro de mí, cosa que supe disimular.
-¿Sí? ¿Y qué es esta vez? Te recuerdo
que para Londres dijiste exactamente lo mismo, y mira.
-También era una fuerza mayor, al menos
en mi caso. Pero esto es muy distinto.
-¿Tan importante es? Vamos, dilo, lo
comprenderé entonces.
¿Y ahora qué? ¿Qué le decía? ¿Qué me iba a ir ni yo sé el
tiempo a un país completamente desconocido a ayudar a la hermana de una amiga
en asuntos de política? ¿¡En España!? No, no podía, me tomaría por una demente.
Además del tema de mi padre, y de que a Inés conozco apenas de unas semanas.
Callé unos segundos y agaché la cabeza.
-Mamá…
-No, dilo. ¿O qué? ¿Es por tu padre?
Negué con la cabeza mientras permanecía
con la mirada baja.
-Sabes perfectamente que no.
Movió la cabeza buscando mi mirada.
-¿Entonces? ¿Qué pasa, hija?
-¿Estarías orgullosa de mí por temas
políticos?
Su expresión cambió rotundamente en ese
momento.
-¿¡Estás bromeando!? ¿¡Pretendes, de
verdad, que te permita ir a España,-realzó ese “España”- por temas de
política!?
No dije nada, apenas hice un gesto de
afirmación.
-No puede ser, hija. ¿Qué te han hecho
esos chicos? Siempre fuiste más tímida y mucho más reservada.
Tema tabú, cogí aire.
-¿¡Qué!? Deja de echarles la culpa a
ellos de una maldita vez. No tienen nada que ver, ¡por favor!
-¡Sólo quiero una jodida explicación,
Paula! ¡Soy tu madre!
-¡Que arresten a tu hermana después de
una guerra civil y después juzgas la situación!
-¿Perdón? Tú no tienes hermanas.
Resoplé y entré en mi habitación
arrastrando aún la maleta y dí un portazo. Entró detrás.
-Explícame eso, ya.
Me giré dándole la espalda y me tire
sobre la cama.
-¡Déjalo! ¡Para tí siempre seré la niña
pequeña que no puede tomar decisiones sola!
-Ni siquiera tienes dieciocho años, si
tan independiente eres, págate tú el viaje.
Me giré hacia a ella agresivamente,
pensaba responderle con toda mi rabia interior. Medité dos veces. En dos días
no tendría dinero para el viaje. <<¡Joder!>>
Arqueó las cejas intentándome decir un
“game over” con la mirada.
Me tumbé de nuevo expulsando aire
furiosa mirando al techo.
-Vete, por favor.
-Como quieras, tú tienes todas las de
perder.- se fue sin decir más cerrando la puerta tranquilamente.
¿Qué hacía ahora? ¿Qué le digo a mi
amiga? Prometí ayudarle, y ahora… Ahora nada.
Pasé un rato
sobre el colchón dándole vueltas y vueltas a ese horrible resultado.
Ella contaba
conmigo, no podía hacerle eso. No. Me negaba a aceptarlo.
Pero sí, para
mala suerte era menor de edad.
Sin yo darme
cuenta pasó un buen rato mientras yo revolvía aquellos sentimientos de culpabilidad.
“Toc, toc” sonó
al otro lado de la puerta.
Suspiré.
-Pasa…
-Me marcho a trabajar, te dejo aquí a la
perra. Si quieres, hablamos a la noche tranquilamente.
Tranquilamente dice. ¿¡Cómo quería que
me tranquilizase!? Pasaba el tiempo, Inés cada vez estaría más cerca de su
partida a tierras españolas y yo ahí, sin hacer nada.
-Como quieras…- apenas la miré. Cerró la
puerta y, a continuación, oí la de la entrada.
Mi pequeña perra Lola saltó a la cama y
se acurrucó en mi barriga mientras la acariciaba su suave cabecita.
Continuaba sin saber qué pensar, qué
decir, qué explicar. Cómo escusarme.
Me levanté de la cama moviendo
pesadamente a mi mascota.
Música. Sí, eso. Música. Siempre está
ahí cuando se la necesita.
Tocadiscos, estantería. “B”… “B”… “Bu”…
“Buddy Holly”. Ahí estaba.
Si escuchaba The Beatles en aquel
momento me comería la cabeza muchísimo más. Por lo que resistí aquella
tentación.
Volví a sentarme a las orillas de mi
cama, con la mirada fija en ninguna parte. De vez en cuando revolvía para mi
misma la cabeza. El tiempo seguía avanzando.
Teléfono.
Desganada avancé a hasta el salón. Sin
apenas darme tiempo a decir la primera palabra oí una vocecilla.
-¿Y bien? ¿Qué tal?
Oh, oh. Inés. Ni siquiera tenía
preparado como iba a explicarle todo y ya estaba allí.
-¿Eh? Sí, no marcha mal… Tú dame unas
horas... –mentí.
Su tono de voz aparentaba ser alegre.
-¿Sí? Dios mío, muchísimas gracias, no
sé cómo devolverte este gesto. No
pensé que te lo fueses a tomar en serio.
Sin palabras.
Necesitaba una intervención divina para responder a aquello. Mi alma se hizo
pedacitos en un instante.
-No las des. Las
promesas son promesas. Lo siento, te tengo que colgar. Te informaré dentro de
poco.
Colgué antes de
que pudiera responder. La cobardía me inundó por dentro. No podía hacer otra
cosa.
La música seguía
sonando levemente desde mi habitación.
¿Bailar? No había
fuerzas.
¿Llorar? Mi
situación no era tan trágica.
¿Qué hacía? Ya no
tenía solución ni para relajar la tensión.
Lola permanecía
recostada en mi cama mientras me miraba con sus grandes ojos de avellana.
Mostré media
sonrisa.
-Tú eres una
verdadera amiga. Que lo sepas, pequeña.
Me acerqué y la
acaricié del cuello revolviéndola suavemente toda la cabeza.
Parecía que
comprendía que no se tenía que mover de
allí, de mi cama, haciéndome compañía por lo menos hasta que mi ánimo se
recuperase.
Va a ser verdad
eso de que los animales sienten los sentimientos de sus amos.
Esperaba sentada
en el suelo de mi habitación, con la espalda apoyada en la pared a ritmo de
Buddy Holly alguna solución para todo aquel conglomerado de problemas.
Tenía pocas
esperanzas, aunque la noche siempre enternecía a mi madre, por lo que sabía que
a la hora de la cena sus decisiones serían más moldeables.
Decidí dejar ese
tema aparcado, por lo menos unas horas. Necesitaba descansar, había sido un
duro viaje. Todo acabó en un intento fallido, no conseguí despejar mi mente.
El tocadiscos
hizo aquel peculiar sonido, tan perfecto que emitían los discos de vinilo al
llegar a su fin. Suspiré rompiendo el silencio que reinaba en mi habitación.
Me levanté, Lola
seguía ahí.
Idea, volví al
teléfono.
-¿Sí…?
-¿Paul?
-¿Paula? Sí,
dime.
-Ah, me aburro.-
reí- ¿Te vienes con Martha un ratito a dar una vuelta?
Rió.
-Exactamente
acabo de venir con ella hace cinco minutos, pero no nos vendrá nada mal tomar
un poco más el aire.
-Genial, ¿a qué
hora te viene bien?
-Cuando quieras.
-Pufff, me tengo
que duchar y preparar. ¿Cuarenta y cinco minutos es mucho?
-No, aprovecho y
hago tiempo pasándote a buscar.
-Como desee el
señor McCartney.- reí, rió- De todas formas, si tu coche no fuera un auténtico
calefactor podría soportar hasta la noche. Pero…- reí de nuevo.
En ese momento
empecé a oir su voz imitando la de un niño pequeño.
-¿Sí? No sabía
que los motores daban calor. Cuéntame más, profe Paula.
Reí a carcajadas.
Ese chico tenía buenas formúlas para sacar sonrisas y animar a la gente.
-Eres tontísimo,
por favor…
-Báh, ser igual a
los demás es demasiado aburrido.
-No te negaré
eso.- sonreí.
-No te entretengo
más, en nada nos vemos.
-Hasta luego,
Paul.
-¡Bye!
Comunica. Fin de
la conversación. Asomé la cabeza por el hueco de la puerta de mi dormitorio.
-Lola, tienes una
nueva amiga, aunque ya la conocías.- reí para mí.
Levantó la mirada
hacia mí, supongo que no habría entendido palabra, pero estaba un poco más
alegre. Por lo menos tendría algo con lo que distraerme. Además, con él.
Me preparé la
ropa limpia, aprovechando a vaciar y separar la maleta, que seguía colocada a
malas maneras en una esquina de mi habitación.
Encendí el
calefactor. Ducha rápida. Si me quedaba allí más tiempo, aparte de retrasarme
volvería a darle vueltas al mismo asunto del día de hoy. Y no quería volver de
nuevo a ese círculo.
Salí. Me sequé,
me vestí… En sí, me preparé.
No tardó mucho en
sonar el timbre de la entrada, me dirigí allí sonriente.
Abrí.
-¡Buenas!- saludó
sonriente. Martha estaba a su derecha, con el aliento fatigado constante que
tienen los perros.
-Ajá, los
ingleses tan puntuales como de costumbre.- dije mientras me agachaba levemente
para saludar a Martha.
Rápidamente se
oyó a Lola bajar de mi cama y venir apresuradamente hacia la puerta. Ella no
podía faltar de saludar.
Galopó hasta
toparse con el hocico de Martha de frente.
-Bueno, que tú
también eres inglesa, eh. –rió.- Hola, pequeñaja.- acarició a mi perrita, a la
cual Martha triplicaba el tamaño.
-Apenas me
falta nada y estoy lista, ¿pasas?-
señalé con el dedo pulgar el pasillo que conducía al salón a mis espaldas
pasándolo por encima del hombro.
Él se encogió de
hombros y pegó un pequeño silbido para que Martha reaccionase y avanzará con
él, a la cual no tardo en seguirle Lola.
Terminaros el
pasillo y llegaros a la puerta del salón.
Volteó la cabeza
hacia mí sonriente.
-¿Hoy podré ver
tu habitación o nunca me dejarás ver cuantas cosas tienes nuestras?
Entré a la cocina
a buscar una gominola canina para las dos mascotas.
-Hasta ahora poco
he podido conseguir, eh.- reí.- pero pasa, si quieres.
Al menos, ya no
tenía todas las fotos que estuvieron colocadas anteriormente. Por cosas así se
asustaría y huiría, seguro. Reí para mí.
-¡Ah! ¡Cuidado
que habrá pelos de Lola en la cama!- grité,al acordarme de que estuvo sentada
allí.
-¡Tranquila! ¡No
tenía planeado meterme en tu cama!- reí casi a carcajadas después de escuchar
aquello.
-¡Ni busques mi ropa interior!- reí de
nuevo. Ya estaba en el pasillo por lo que pude ver su reacción.
Rió a carcajadas y se llevo una mano a
la frente.
-¡Ay! Dios mío, Paula. ¿Tú… tú.. tú..?
Estás tontísima.- volvió a reir, le saqué la lengua a modo de burla y me
dirigí al salón.
-Cuando quieras, eh…- reí.
-Ya termino, solo quería ver los
discos.- salió de mi habitación.
-¿Nos vamos?- dije dirigiéndome hacia mi
habitación, esta vez para coger una fina chaqueta de abrigo.
-Si quieres, supongo que si, ¿no?- rió.
Hice un gesto de que fuera hasta la
puerta mientras yo llamaba a mi perra para que hiciese lo mismo.
Nos acercamos hasta la entrada, abrí y
en ese momento, de nuevo, sonó el teléfono.
-¿Me disculpas? Será un momento.-
asintió y fui veloz hasta el teléfono.
Era una voz grave, de señor mayor.
Aparentaba mucha seriedad, aunque apenas pude escuchar nada pues Martha y Lola
jugaban y sus uñas hacían ruido contra el parquet al jugar.
-¿Perdón? ¿Que mi madre le ha pasado qué?
[Nota; ya lo repetí en
algún otro capítulo, pero informo otra vez para no crear malentendidos. Como ya
veis algunas fechas no encajan a la perfección. Ringo no formaba parte de The
Beatles aún, ni Paul tenía muchísimo menos a Martha, o cosas así en 1961.
Perdonad, pero de alguna manera tengo que sacar el nudo de la historia. Así que
si os perdéis o algo, comentad e intentaré explicároslo, aunque no creo que
tenga mayor complicación. Poco a poco espero que empiecen cuadrando las fechas.
Perdón de nuevo.]
No hay comentarios:
Publicar un comentario