sábado, 14 de septiembre de 2013

Capítulo 20.

El corazón se me detuvo, se me secó la garganta y era incapaz de responder a aquel hombre de voz grabe que permanecía al otro lado del teléfono informándome de lo ocurrido.
Tragué saliva. Nada. No conseguí que las palabras saliesen de mi boca.
El señor dio por finalizada la información.
Asentí para mí con los ojos enrojecidos, y con la voz rota le agradecí el aviso.
Colgué con la mirada perdida, de nuevo, intente tragar saliva.
Me giré hacia la puerta, Paul se había a acercado hasta allí al oir mi grito.
Mostraba empatía con la mirada, lentamente levanté los ojos hasta cruzarme con los suyos.
-¿Qué ha pasado? ¿Es tu madre?- dijo lentamente, sin apenas encontrar las palabras correctas.
Aparté de nuevo la mirada y empecé a contarle lo sucedido tartamudeando.
-Un… un hijo de puta la ha atracado… y…- resoplé- cayó al suelo. Al darse un fuerte golpe en la nuca quedó inconsciente.
Negué con la cabeza y cerré los ojos. Apreté los labios, rápidamente recogí las llaves que había lanzado en la mesa del comedor al ir a descolgar el teléfono. Me apresuré a la puerta de salida.
-¿Qué? ¿Y dónde está?- me siguió Paul por el pasillo mientras escquivaba a mi perra que andaba de un lado a otro desorientada.
-En el hospital, alguien debió de avisar a urgencias al ver la escena.- salí de casa mientras hacía una señal a mi perra para que se fuera al salón. Obedeció.
-Perdóname por no poder acompañarte, tengo que acercarme a verla.- proseguí.
Él salió detrás de mí mientras Martha le seguía con prisas.
-¿Bromeas? Ni pienses en disculparte por eso, es más, te acompañaré.
Cerré la puerta con fuerza y comencé a andar.
Otro cigarro.
¿Otro? Paula, habías dejado de fumar, joder.
Fue inútil, poco tarde en darle la primera calada.
-No hace falta que hagas nada, Paul. Muchas gracias…- mostré media sonrisa forzada- Tú… Vosotros ocuparos de detener a Inés.- seguí andando, caminaba a mi lado rápidamente.
-¿Por qué? ¿Qué va a hacer Inés?
-No, nada. Distraedla, que no piense en su hermana, ya sabes. Montad una fiesta, o algo, se os da bien.- no molesté demasiado en explicarle nada más. Tampoco es que pudiese. Inés sabía perfectamente que la detendrían.
-Claro, montamos una fiesta y tú en el hospital. Ni lo sueñes.
Dí otra calada, esta vez más grande, y tragué el humo.
-De verdad, muchas gracias, en serio. Pero es más importante ella.- me dio una colleja.
-Mi casa pilla de camino, dijo a Martha y pienso acompañarte. Si crees que te dejaré sola vas lista, entiendo perfectamente tu situación.- se rascó el pelo con un poco de nervios.
-¿A qué te refieres?- le miré extrañada.
-Bueno, mi madre…- suspiró- murió de cáncer cuando yo apenas tenía quince años.
Me detuve en seco. Levanté la mirada hacia él que antes estaba perdida mirando a un suelo. ¿Qué podía decir yo ahora? Un leve “ay” salió de mi boca y le abracé.
-No… No sabía nada. Lo siento muchísimo.- apoyé mi frente en su hombro y me devolvió el abrazo.
-Sí, bueno, no recordemos aquello. Ya es pasado…- mostró media sonrisa tímida y me giró del hombro para que siguiéramos andando.
Mi cigarro ya se estaba acabando, y mis nervios no habían disminuido. Perfecto.
Después de eso último no hubo demasiada conversación. Supongo que él entraría en un mundo de recuerdos, mientras a mí se me pasaban por la cabeza cosas sin pies ni cabeza que le pudieran pasar a mi madre. La mente humana es muy poderosa, al menos eso dicen.
Finalmente llegamos a la puerta de McCartney. Sacó las llaves de un bolsillo interior de su chaqueta de cuero negra y llamó a Martha.
-Salgó en medio minuto, más te vale que no te vayas sin mí.- se dirigió a su casa sin decir más. Resoplé sin decir nada más, a modo de afirmación.
No quería que se molestase en acompañarme, aunque en el fondo sabía que lo iba a necesitar.
Empecé a golpear el suelo que el tacón derecho de la zapatilla nerviosa. También me mordí las uñas. ¿Por qué me tuve que dejar el tabaco en casa?
Poco después salió Paul cerrando la puerta con llave, no se molestó en andar hasta donde yo le dejé y siguió avanzando hasta que nos encontramos de nuevo más adelante.
No quedaba mucho para llegar al hospital, por lo que la conversación tampoco fue muy abundante.
Llegamos. Rapidamente me acerqué hasta la puerta de urgencias.
Caras pálidas y tristes abundaban en la sala de espera, mientras que otras sonreían y desprendían alegría. Imagino que algunos habrían perdido a algún familiar querido, aunque otros tendrían a un pequeño nuevo en la familia.
En aquellos sitios se podía encontrar las dos caras opuestas de la vida. Y era realmente estremecedor.
Pregunté al primer señor con bata blanca que se me cruzó en aquella pequeña sala. Rapidamente me dirigió a una habitación.
Giré la cabeza, Paul hizo un gesto de que me esperaría en alguno de los asientos hasta que saliera con noticias. Mostré media sonrisa de agradecimiento y de nuevo seguí al enfermero.
Finalmente colocó la mano en uno de los picaportes de una puerta de un largo pasillo pintado de tonos claros y poco iluminado. Me acompañó dentro, ahí permanecía mi madre.
Estaba tumbada en una camilla con una fina sábana que habían colocado sobre ella.
Aquel enfermero ojeó un poco por encima pasando varias páginas un portapapeles en el que debería de tener anotado el estado de todos los pacientes.
-Parece un simple desmayó, con suerte no tardará en despertarse, aunque habrá que esperar algunas pruebas.
Asentí y me senté en un sillón que se encontraba al lado de la camilla.
El señor me explicó como podría pasar la noche allí, cuando trairían el resultado de todas las pruebas y poco más, después se despidió y cerró la puerta. Le dí las gracias y miré a mi madre.
Parecía dormida, pero demasiada calma. Solo era un simple desmayo. Paula, tranquilízate, no pasará nada. ¿Qué tendría que pasar?
Cogí aire, bajé la mirada y apoyé mi mano sobre la suya. Estaba fría. Después de un desmayo disminuye mucho la presión arterial. Era algo común. ¡Paula, que te tranquilices, joder!
Ahí tuve un flashback. Levanté la mirada, aunque permanecí con ella al infinito.
Todos los recuerdos vinieron a mi cabeza. De infancia, y adolescencia. Pero sobretodo, aquel día. Ese asqueroso día que descubrí la verdadera pasta de la que mi padré estaba hecho.
Me ví a mí, con apenas cinco años, persiguiendo a mis padres por la casa para que dejasen de discutir, por lo menos delante mío.
“-¡Dejad de gritar, por favor!”
Él la había empujado hasta la habitación, cogió su bolso y empezó a revolver dentro de mi bolso. Mi madre puso resistencia, agarró su bolso por el otro extremó y lo forzó.
Ahí, esa imagen que no sale de mi retina. Mi padre levantó la mano y le dio un puñetazo haciéndola caer sobre la cama.
“-¡Mamá!”
Lloraba. Lloraba yo, lloraba ella. Mi padre sacó una maleta de la nada, al menos de un sitio desde el que yo no la divisaba. Finalmente cogió la cartera de mi madre, metió la mano y sacó todo el dinero. Lo introdujo en su bolsillo, y de ahí sacó sus llaves, que a continuación lazó también contra mi madre. Y salió de casa dando un portazo, sin decir nada más. Ni una palabra.
Volví en mí. Revolví la cabeza y parpadeé varias veces, seguía en la habitación, con mi mano puesta sobre la suya, pequeñas lágrimas se acumularon en mis parpados.
Inspiré aire y tragué saliva. Para colmo de mares había discutido con ella.
Miré sus ojos, aún permanecían cerrados aunque su respiración parecía ser normal, a pesar de necesitar máquina de oxígeno.
Al fin me eché para atrás apoyando la nuca en el respaldo del sillón, no separé mi mano de ella y cerré los ojos. Respiré profundamente varias veces, intentando dejar mi mente en blanco, no dio gran resultado y mis lágrimas cada vez eran más abundantes.
De nuevo abrí los ojos, miré al techo. Recé todo lo que sabía, a pesar de mi poca creencia religiosa. Tampoco me limité en maldecir a mi padre una y otra vez.
¡Mierda! ¡Paul! Estaba esperando mi regreso, esperaba no haberle hecho esperar demasiado. Me levanté y me dirigí a la puerta, antes de salir miré de nuevo hacia la camilla. Seguía inmóvil.
Suspiré. Paciencia. Finalmente salí de aquella habitación y me dirigí a la sala de espera.
No tardé demasiado en divisarle. Parece que el tampoco a mí. Destacaba entre todos esos personajes. Él llevaba su tupé, su chupa de cuero, sus pantalones negros, sus botines. Su tomborileo constante con los dedos en el reposabrazos del asiento. Y su juventud. No había muchos que bajasen de los treinta años de edad, y él ni llegaba a los veinte. Destacaba.
Rapidamenté se levantó y se dirigió hacia a mí ocn media sonrisa. Respondí igual.
-¿Y bien?
-Parece que no tardará en mejorar, al menos eso dicen…
-¿Necesitas algo? Si quieres me quedo.
Sonreí y negué con la cabeza.
-No, muchísimas gracias. Ya hiciste bastante.
-¿De verdad?
Simplemente asentí.
-Bueno, si lo necesitas avísame eh, ya sabes.- mostró su mejor sonrisa.
Le devolví la sonrisa y le despedí.
-Muchas gracias, en serio, Paul. Espero que todo pase rápido. Adiós.- me dirigí de nuevo a la habitación sonriente.
-¡Eh!- me giré- ¡Todo saldrá bien, lo sabes!- sonrió y guiñó un ojo mientras se dirigía a la puerta de salida. Reí levemente y seguí mi camino.
Entré en la habitación, cerré por dentro apoyando la espalda contra la puerta. Solté aire. Después de esta semana no volvería a verles en meses. Incluso puede que para cuando regresasen ni se acordarán de mí. Y España, Inés.
Revolví la cabeza, miré de nuevo a la cama. Sin noticias nuevas. No era momento de pensar en aquello, mi madre estaba ahí, inconsciente, y pocas cosas aparte de esa importaban.
Pero Inés se encontraba en la misma situación. Y yo tenía una promesa que cumplir.
Ya había empezado a amanecer hace un rato, el sol se encondía entre las lejanas casas de Liverpool y daba un tono anaranjado a la habitación. Una noche que me tocaba pasar entre esas cuatro paredes.
Se acercaban las ocho de la noche. Entro una enfermera, con la misma bata blanca que el señor de antes. Traía una pequeña bandeja con comida.
-Esperábamos que se hubiese despertado ya.- la miré y negué con la cabeza. Prosiguió.- en tal caso, las pruebas no han mostrado ningún desorden, así que no debería haber ningún problema.- sonrío y dejó una manzana verde sobre la mesilla que estaba al lado de la camilla.
-¿La necesitará?- pregunté extrañada.
-No sabemos, por si despierta y tiene hambre. Esto le vendrá bien.- de nuevo sonrió y se acercó a la puerta.
-Muchas gracias.- sonreí y la señora salió por la puerta.
Suspiré, por lo menos ya tenía unas pocas más esperanzas. Además sus manos tenían mayor temperatura. Sonreí para mí y apoyé mi frente sobre un lado de la cama. ¿Inés sabría algo de esto? No creo. Dificilmente tendría noticias últimamente de esa muchacha. Tenía la esperanza de que alguno de los chicos hiciese algo para retenerla durante unos días más, hasta que partiertamos juntas a España, pero eso tampoco la beneficiaría a ella. Ni a su hermana.
“¡Bufff!” Necesitaba dormir, pero sería difícil conciliar el sueño. Me recosté en el sillón y cerré los ojos. Por lo menos, si no dormía, por lo menos descansaba la mente.
Al menos eso esperaba.Tenía un pequeño salvavidas.
Londres. Sí, Londres. Buenos recuerdos. ¿Y mi piano? ¿Dónde había dejado mi piano? Ah, si. Estaba sobre la cama, apartado a un lado para cuando McCartney entró. Me entraron ganas de aprender a tocar un poco más aquel pequeño instrumento, pero ahí iba a ser un poco difícil.
¿Y la armónica de John? No la volvío a tocar desde que la tomó prestada al vendedor ambulante que poco tardó en perseguirnos. Reí. Sí, aquel fue un día genial. Hasta la noche. Esa noche Inés se enteró de la noticia.
¿No existía ningún botón para retroceder en el tiempo para evitar cosas malas y repetir las buenas? No, pero debería de haberlo.
Más recuerdos, más sonrisas que quedaron enceradas en aquella habitación. Más felicidad que aquellos cuatro chicos no se imaginaban que podían dar.
Pasó el tiempo, perdí la noción de él. Permanecía con los ojos cerrados, y creo que una leve sonrisa pintada en mi rostro.
Noté como unos dedos deslizaban por mis mejillas y terminaban detrás de mi oreja. Alguien me acaba de retirar el pelo de la cara. Pero, ¿quién?
Abrí los ojos pesadamente, me había quedado dormida en aquel sillón. Tardé un poco en enfocar mi vista, pero no demasiado como para destinguir un cabello no muy largo, de color castaño con toques rubios.
Sonreí, sonreí ampliamente.
-¡Has despertado!- me lancé a sus brazos. No solo se había despertado, si no que estaba de pie, delante de mí.
-¡Ay! Si, hace nada.- sonrió- Te ví aquí al lado y se me pasaron todos los males.- reí levemente y ella se rascó la nuca, la detuve.
-Quieta. Te has golpeado la cabeza.
-Imaginaba, siento martillazos dentro del cráneo… - parpadeó varias veces. Le cogí de los hombros y recosté sobre la cama.
-Duérmete, te verdrá bien.
-Creo que ya he dormido demasiado en las últimas horas.- rió levemente.
-Ya veo que estás perfectamente, -sonreí- pero yo tengo sueño, así que…
-Bueno… Buenas noches.- me lanzó un gracioso beso. Reí y me acosté de nuevo.
Ahora sí que sonreía y ampliamente. Un peso menos que tenía encima, y esos kilos de menos me permitieron volver a conciliar el sueño.
No llegué  a dormirme por completo, a menudo me despertaba y me volvía a dormir poco minutos después. Despertaba, dormía, despertaba, dormía. Sucesivamente toda la noche.
Oí unos golpes entre sueños, ese ruido me despertó. Poco a poco fui abriendo los ojos. La habitación ya estaba iluminada por la luz que asomaba por la ventana.
Miré a todo desorientada, me froté los ojos y finalemente me ubiqué.El reloj marcaba las ocho y media de la mañana.
Mi madre estaba recostada en la cama, tenía la espalda apoyada contra la pared con un cojín y las piernas estiradas. Permanecía con una pequeña radio que dejaban en cada habitación para que la estancia de los pacientes no fuera tan insoportable.
-Buenos días- sonrió, aparentaba estar ya en perfecto estado.
-¿Eh? Ah, bue…- la puerta se abrió poco a poco hasta que una cabecilla se asomó por ella, al pared esos golpes no los había soñado.
Ambas dirijimos nuestra mirada hacia allí, no tardé en reconocerlo.
Me levanté casi de un salto y me dirigí hacia él.
-¡Paul!

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Buenos días, tardes, noches, queridos lectores. Ya tenéis un capítulo nuevo de esta novelita.
Pasad, leed, comentad, disfrutad, y si no, criticad. Ya sabéis que toda crítica sirve para mejorar.
Intentaré escribir estos días, a pesar de que me será un tanto difícil por el inicio de curso.
Haré lo que pueda. En tal caso, perdonad.
Y de nuevo; ¡Espero que os guste!

Paula McCartney.




2 comentarios:

  1. (Me he dado cuenta de que has cambiado la foto de abajo del blog, fijate si lo tengo ya visto xD)
    Sigo sin entender como no te das cuenta de lo bien que escribes...este capitulo te ha quedado DEMASIADO ASDFGHJKL *-*
    En serio. Joder Paula *-*

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  2. Hooolaaa Paulaa!! :D Ya he acabado de leermelo :) Me esta encantando. Porfavor, no tardes tanto en subir que esta genial :)

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